//MENSAJE DOMINICAL:// El adviento nos pone en camino

*Primer domingo de adviento

Pbro. Carlos Sandoval Rangel

Llegamos al tiempo santo del adviento. Que sea la palabra de Dios lo que nos marque la pauta para hacer de este tiempo un verdadero camino hacia el encuentro del Hijo de Dios, que se manifestará en el pesebre.
La liturgia de este primer domingo de adviento abre, de manera especial, con la oración colecta en la que pedimos: “concede a tus fieles, Dios todopoderoso, el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene a nosotros”. Recoge, así, la primera sugerencia que nos presenta la palabra de Dios: estar en salida, ponernos en camino. Eso es lo que el profeta le pide al pueblo: “¡Casa de Jacob, en marcha! Caminemos a la luz del Señor” (Is. 2, 5). Para el profeta no era fácil hablarle a un pueblo que, rodeado del caos y la confusión, no tiene claridad sobre los proyectos de Dios. Para el pueblo era difícil ver más allá de sus circunstancias, que, además, no eran las mejores. El salmo 121, por su parte, nos presenta la alegría del pueblo que, después del destierro, donde todo era oscuridad, ahora, por la fuerza y bondad divina, regresa a la ciudad santa: “Qué alegría sentí, cuando me dijeron: ¡Vayamos a la casa del Señor! Y hoy estamos aquí, Jerusalén, jubilosos, delante de tus puertas”.
Entrar en el camino de la fe, como nos sugiere el adviento, es cruzar ese umbral donde el corazón se va sacudiendo de lo que lo ata, para dejarse plasmar por la palabra y la gracia divinas que van transformando desde dentro. Vivir el adviento es atreverse a cruzar la puerta de la fe, para “emprender un camino que dura toda la vida” (Benedicto XVI).
El adviento es, también, pedirle a Dios que nos ayude a mantener despierto el corazón. Dice San Pablo: “Ya es hora que se despierten del sueño, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer” (Rom. 13, 11ss).
Ese sentir de la fe que nos pone en marcha y que nos exige estar despiertos, Jesús lo resume diciendo: “Velen pues y estén preparados”. La hora del Señor es desconocida e imprevista, por lo que el corazón debe estar despierto. Ahora, el llamado a la vigilancia no es sólo para evitar el pecado, sino, también, para que la dejadez, la mediocridad, la conformidad o el buscar una vida instalada no vayan a adormecer el corazón y, por tanto, se corra el riesgo de estar desprevenidos.
Por eso, el tono de la palabra de Dios, más que un reproche por el pecado, es un llamado a estar en marcha, a la alegría por la ilusión del encuentro con el Señor, es para despertar del sueño, es decir, no asumir las cosas de aquí con tono de eternidad. Sin la vigilancia, sugerida por Jesús, siempre estaremos en el riesgo de que los dones de la fe y del amor de Dios, soportes fundamentales de la vida humana, pierdan su sentido y su ardor. La vigilancia implica un despertar para evitar ser atrapados en la superficialidad que cansa y que mata.
“Antes del diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca. Y cuando menos lo esperaban, sobrevino el diluvio y se llevó a todos” (Mt. 24, 37- 39). La vida no puede ser sin perspectivas claras y trascendentes. También enfrentamos y disfrutamos lo circunstancial, que implica comer, beber, trabajar, viajar, etc., pero no perdamos de vista que nuestra vida es mucho más que eso. Como personas, somos capaces de proyectar, de construir, de trascender y de disfrutar también de otros aspectos más sublimes.
Por eso, el tiempo del adviento, entre otras cosas, significa la oportunidad de reafirmar los motivos que nos permiten vivir con firme esperanza, muy por encima de lo mero circunstancial. Y esos motivos sólo vienen de Dios. De hecho, como señala Benedicto XVI, “quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene la vida” (Salvados en la Esperanza, n 27; cfr. Ef. 2, 12).
En nuestra vida podemos tener esperanza en una persona, en la profesión o un éxito determinado, “pero, cuando estas esperanzas se cumplen, se ve claramente que esto, en realidad, no lo era todo” (Benedicto XVI, Salvados en la esperanza, n 30). De ahí, la oportunidad que nos da el adviento para reencontrar al que nos abra a la esperanza que le da significado a todo.
Señor, ya sé que las cosas y circunstancias de esta historia no son definitivas, lo definitivo eres tú. Por eso, te pido: Ven, ¡Señor, no tardes! ¡Ven y despierta mi deseo de ti; despierta mi mente y mi corazón! ¡Ven, que te necesito!

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