*Fiesta del bautismo del Señor
Pbro. Carlos Sandoval Rangel
“Jesús llegó de Galilea al río Jordán y le pidió a Juan que lo bautizara” (Mt. 3, 13). Durante estos días, la imagen del pesebre, con todo lo que ahí sucedió, nos ha ido catequizando para entender la grandeza de dicho misterio. Lo esencial: Dios con nosotros, que asume nuestra condición humana. También, hemos aprendido de María y José, de los pastores y de los magos. Pero, ahora, el evangelio nos traslada hasta el Jordán, a donde Jesús acude para ser bautizado por Juan. Ahí, se presentan muchos elementos llenos de significados para nuestra fe.
La primera pregunta de muchos es: Si Juan bautizaba como signo de reconocimiento de los pecados y de conversión, ¿por qué Jesús viene a tomarlo, si Él no era pecador? Incluso, el mismo Juan se resiste, diciéndole: “Soy yo quien necesita ser bautizado por ti”.
Que Jesús se acerque a bautizar implica muchas cosas: Por una parte, Él quiere darle su lugar a los profetas, en este caso a Juan. Los profetas son enviados a preparar al pueblo hacia una nueva era. Por lo cual, Jesús, respalda a Juan, haciendo ver que efectivamente su predicación y su bautismo son el umbral de la nueva era de salvación. Además, como señala el Catecismo de la Iglesia: el bautismo del Señor Jesús es la inauguración de la misión del siervo doliente, que, obediente a la voluntad del Padre, asume las consecuencias de nuestro pecado (Cfr. n. 536).
Dice el profeta Isaías: “Miren a mi siervo, a quien sostengo, a mi elegido, en quien tengo mis complacencias… Yo, el Señor, fiel a mi designio de salvación, te llamé, te tomé de la mano, te he formado y te he constituido alianza de un pueblo, luz de las naciones…” (Is. 42,1 ss). Jesús no viene para implantar la imagen de un rey terrenal, sino que, se presenta como el siervo de Dios. desde ahí, nos muestra el modo del reino de Dios: reinará sirviendo.
“mi siervo no grita, no levanta la voz…”, por lo que no obliga a oír, no impone, no nos pone entre la espada y la pared. El sirvo de Dios nos introduce en el silencio de Dios, que quiere conquistar el corazón de cada persona y disponerlo para entender la Verdad. Como diría Benedicto XVI: “nos habla al corazón en profundidad y en verdad”.
“Te he constituido alianza de un pueblo, luz de las naciones…”. Los magos nos enseñaron que Jesús es la verdadera estrella, es la luz de las naciones. De hecho, la oscuridad de las naciones, mostrada en la descomposición social que vivimos, no es sino la ignorancia de Dios. Sin la luz fundamental que es Cristo, el ser humano nunca se entenderá a sí mismo. Sin la luz de Dios, seguiremos poniendo nuestra esperanza en motivos pequeños y pasajeros. Eso cansa y mata.
Pues, este Jesús, que es el siervo de Dios y luz de las naciones, hoy se forma en la fila de los pecadores. El bautismo que recibe de Juan es un presagio del bautismo de sangre que recibiría en la Cruz, donde se cancelan todas nuestras deudas.
Jesús parte del umbral, que era el bautismo de Juan, para entrar y hacer entrar a todos en la nueva era, la salvación definitiva. De hecho, todos los signos que prosiguen al bautismo de Jesús, son la expresión de que la salvación está llegando a su punto definitivo: “Al salir Jesús del agua, una vez bautizado, se le abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios, que descendía sobre Él en forma de paloma y se oyó una voz del cielo que decía: Este es mi hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias” (Mt. 3, 16-17).
Dicen algunos exegetas, que la apertura del cielo indica que al estar presente Jesús en la tierra, ahora el cielo y la tierra se comunican directamente; que la bajada del Espíritu Santo expresa, precisamente, el inicio de una nueva etapa en la historia de la salvación, es la fuerza del Espíritu Santo que impulsa a todos los que lo reciben a proclamar palabras y a realizar acciones inexplicables. Antes la unción era con aceite, Jesús por su parte, es ungido con el Espíritu Santo. Y desde luego se vuelve significativa la confirmación que hace el Padre: “Este es mi hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias” (Mt. 3, 17).
¡Señor Jesús, permítenos reconocernos pecadores, como todos aquellos que acudían al Jordán para que Juan los bautizara, pero ante todo permítenos reconocer que en la Cruz tú inauguraste un bautismo más alto, el bautismo que nos redime y coloca en la dignidad de hermanos tuyos e hijos de un solo Padre!

