//MENSAJE DOMINICAL:// El cordero de Dios

*II domingo del tiempo ordinario

Carlos Sandoval Rangel

“Vio Juan, el Bautista a Jesús, que venía hacia él, y exclamó: “Éste es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo” (Jn. 1, 29). Con este título, el evangelio sintetiza todo el plan de salvación, querido por Dios. Lo que ha habido y lo que va a suceder: Abel ofrecía sus corderos como ofrenda, lo cual siempre fue agradable a los ojos de Dios; los israelitas, en la noche de la liberación, inmolaron el cordero, lo comieron y con su sangre marcaron sus puertas para indicar su pertenencia a Dios. Así, encontramos el significado del cordero en el antiguo testamento, especialmente en el profeta Isaías.

Ahora, al presentar a Cristo como el Cordero, se está haciendo alusión a la cumbre de su obra salvadora, que tiene lugar en la Cruz. Para los oyentes, que conocían la tradición del significado salvífico del cordero, oír que Jesús era presentado como tal, era entrar en una dimensión sumamente significativa de la fe. Y más al oír que quita el pecado.

Con esta presentación que Juan, el Bautista, hace de Jesús, podemos decir que queda abierta la puerta a una nueva experiencia de fe. El Bautista nos mueve a poner nuestra mirada en Jesús, que, en calidad de cordero, no sólo cargará con nuestros pecados, sino que los elimina. Pero, los pecados de todos, pues, “quita el pecado del mundo”. Como dice el libro de la Apocalipsis: “Él lavó nuestros pecados en su sangre”. De hecho, sus contemporáneos, se sintieron atraídos por su actitud misericordiosa. Hasta los escribas y fariseos lo critican: recibe a los pecadores y come con ellos. Aún en la actualidad, a nosotros pecadores, nos recibe en su mesa y nos alimenta.

Este es “el Cordero” que viene para sustituir al antiguo cordero de la pascua. Por la memoria histórica, para los judíos, siempre era algo sagrado celebrar el memorial de la noche de pascua, cuando las familias se reunían y comían el cordero, singo de liberación y de pertenencia a Dios. Pero la liberación que ahora Jesús ofrece es algo radical, definitivo. Libera desde el interior, lugar donde se anidan las peores esclavitudes.

Jesús es el “Cordero de la nueva Alianza”. Las alianzas se sellaban, quedaban firmadas, con la sangre de las víctimas inmoladas. Así sucedió, por ejemplo, en el pacto de Dios con Noé (Gn. 8, 20-22) y lo mismo pasó en el Sinaí (Ex. 24, 3-8). Pues, Jesús viene como víctima de la nueva y definitiva alianza. Viene para crear una nueva pertenencia entre Dios y la humanidad, la cual queda patentada con su sangre en la Cruz.

No busquemos en Jesús respuestas teóricas, racionalistas o intelectuales, sino, permitámosle entrar en la dinámica de nuestra vida. Empecemos por pedirle que sane nuestras heridas y que nos ayude a pertenecerle a Dios. Como decía el Papa Benedicto XVI: “La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con Él. Y ese estar con Él nos lleva a comprender las razones por las que se cree” (Porta Fidei n. 10). “La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de amor que se recibe y comunica como experiencia de gracia y gozo” (Ibidem).

Jesús, al estar con nosotros, nos ayuda a vivir en libertad, para existir y desgastar la vida en aquello que verdaderamente vale la pena.

¡Señor, Jesús, como buen cordero, no dejes de curar y sanar mis heridas!

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