Por Velia María Áurea Hontoria Álvarez
Por las noches, cuando regreso a casa después del trabajo, me gusta escuchar la radio. No solo me acompaña, me relaja; de vez en cuando, también inquieta e informa. El martes fue uno de esos días. El locutor lanzó una pregunta sencilla: ¿Qué cambiarías de tu ciudad?
Las respuestas, conforme avanzaba el programa, coincidían en varios puntos: la limpieza, la inseguridad —esa a la que no terminamos de acostumbrarnos— la corrupción, las vialidades colapsadas y ese delicado problema logístico que convierte en reto cotidiano desplazarse de un lugar a otro. Calles sucias, camellones descuidados, parques olvidados, basureros desbordados e incluso incendios provocados. El diagnóstico estaba ahí, repetido, casi automático.
Mientras escuchaba a una persona expresar el desagrado que le producía ver su ciudad en ese estado, una camioneta delante de mí iba arrojando por la calle los desechos de lo que probablemente había sido un delicioso elote. Parte de ellos terminó estampada en el parabrisas de otro vehículo. El coraje fue inmediato. La frustración, también.
Casi al mismo tiempo, otra voz en la radio dijo algo distinto, incómodo por lo honesto: “Yo quiero valorarme, no sentirme tan poquita. Quiero que mi ciudad se vea mejor, pero tengo que empezar por hacer cambios en mí. Porque mientras yo no me cuide, nadie va a cuidar de mi ciudad”.
El semáforo se puso en verde. Avancé. Y observé a una familia en motocicleta: los dos adultos con casco, el menor colocado en medio, con el suyo también. Una imagen breve, simple, poderosa.
Entonces la pregunta se volvió inevitable: ¿Qué tanto, de verdad, queremos que mejore la ciudad?
Pagamos impuestos altos, y con razón exigimos que se reflejen en servicios, infraestructura y seguridad. Es indispensable que esos recursos se administren con inteligencia, que se distribuyan con eficiencia y que se contrate a los mejores perfiles —no necesariamente a los más baratos— porque eso habla de finanzas sanas, de visión y de responsabilidad pública. Todo eso es cierto y debe exigirse con firmeza.
Pero hay otra parte de la ecuación que suele incomodarnos más.
Si nosotros no ayudamos con nuestros propios hábitos —los pequeños, los cotidianos, los que nadie vigila— esas mejoras tan ansiadas simplemente no llegarán. No hay presupuesto que alcance cuando normalizamos tirar basura, evadir reglas, “hacernos los listos” o justificar lo indebido bajo el cómodo argumento de que nadie se da cuenta.
Dicen que los faros no se lanzan al mar en medio de la tormenta para salvar barcos. Están ahí para iluminar en la oscuridad; cada capitán decide qué hacer con esa luz. Algo parecido ocurre con las leyes, las normas y la vigilancia: pueden señalar el camino, advertir el riesgo, marcar límites, pero no pueden recorrer el trayecto por nosotros.
Parece que nos gusta ser observados, supervisados, castigados. Como si solo bajo amenaza aprendiéramos a comportarnos mejor. Aplaudimos al que logra burlar el sistema y nos indignamos cuando alguien nos descubre y nos multa.
¿De verdad eso es lo que necesitamos para ser mejores?
Tal vez la corrupción que más cuesta erradicar no es solo la que se instala en los grandes despachos, sino la que practicamos —o toleramos— en lo cotidiano. La que se filtra en casa, en el trabajo, en la calle. La que exigimos combatir mientras la reproducimos en pequeño.
Porque quizá —solo quizá— acabar con la corrupción no empieza con más vigilancia, más castigos o más discursos, sino con algo mucho más cercano y menos cómodo: cuidarnos responsablemente a nosotros mismos. ¿O usted qué opina?

