//MENSAJE DOMINICAL:// Lo que era muerte se hizo luz

*¡Ha resucitado!


Pbro. Carlos Sandoval Rangel.

“El ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: No teman. Ya sé que buscan a Jesús, el Crucificado. No está aquí; ha resucitado”. Este es el hecho y la noticia que hace todo diferente.

En su vida pública, Jesús, fue contundente. Sus hechos y palabras marcaron diferencia respecto a cualquier otro personaje de la historia. Pero, aun así, sus alcances serían insuficientes si no hubiera resucitado.

Lavó los pies a los apóstoles y nos pidió que también nosotros sirvamos con humildad a los demás, lo cual es algo que hace diferente al ser humano. En la última cena, nos ofreció su cuerpo, presente en el pan, lo que significa presencia viva. En el huerto de los olivos, frente al dolor de la cruz que le esperaba, reafirmó, por encima de todo, su decisión de hacer la voluntad del Padre. Con amor único abrazó la cruz y se entregó por todos. Fue tan grande su amor que se hizo cruz.

Pero, todo lo anterior sería insuficiente si no hubiera resucitado. Que Jesús no sólo haya existido, sino que exista también ahora, dependió de la resurrección (cfr. Benedicto XVI, Jesús de Nazareth). De ahí, lo que implica esta noticia: “No está aquí; ha resucitado”.

Ni la autoridad de los líderes religiosos, que se creían dueños de las cosas y de los caminos de Dios, ni el poder de Pilatos para sentenciar, ni los dueños actuales de las decisiones que marcan el mundo, son algo definitivo. Dios es lo definitivo. Lo mostró en Cristo y lo sigue mostrando en la historia. Por eso, el mundo, entre todo, sigue adelante.

Para la mayoría, incluyendo a algunos de los apóstoles, con la crucifixión se obscurecía todo. pero, no fue así, ya que la muerte se hizo luz. Para eso se presentó el ángel: No teman. Ya sé que buscan a Jesús, el crucificado. No está aquí; ha resucitado”.

Que este hecho salvífico que hizo diferente la historia desde hace casi dos mil años, sí marque la vida personal de cada uno de nosotros. El amor se hizo cruz para redimirnos y para mostrar que el amor de Dios no tiene límites. Mientras el mundo nos quiere vender el triunfalismo de unos y las derrotas de otros; mientras nos quiere envolver en fantasías sin trascendencia y fatalismos que siembran desanimo, el poder de Dios, en esta fiesta de pascua, nos descubre qué es lo que sí le da sentido a nuestra existencia.

Cristo, como buen pastor, ya bajó a la oscuridad de la muerte, para indicarnos que Él es la esperanza que lo vence todo. Las cañadas oscuras del pecado, del dolor, del odio, de los miedos, de la miseria, de las tibiezas y de las cobardías, propias del ser humano, no lo han derrotado.

Qué difícil sacudirnos los condicionamientos temporales, donde los signos de la muerte siguen siendo intensos y continuamente nos atan. Pero hoy, Jesús resucitado, le da una dimensión trascendental a nuestro ser. La resurrección de Cristo, como escribe Benedicto XVI, no se trata de la revitalización de unos huesos áridos o de un cuerpo sin vida (Cfr. Jesús de Nazaret), pues eso sería algo similar a la resurrección de Lázaro o de la hija de Jairo, quienes resucitaron para retomar por un tiempo más el ritmo de la vida temporal. No, ahora se trata de algo absolutamente diferente: es darle otra dimensión a nuestro ser. Es imprimir a nuestra existencia un sentido de eternidad.

Ahora sólo nos queda hacerle a Jesús una petición: ¡ayúdame a resucitar! Que mis miedos, mis apegos, mis egoísmos, mis falsas pretensiones, mi soberbia no me aten y endurezcan más y más mi corazón.

No quiero, Señor, alegrarme y celebrar tu resurrección, pero que mi corazón siga atado, siga sin resucitar. Ayúdame a resucitar.

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