//MENSAJE DOMINICAL:// ¡Señor mío y Dios mío!

*II domingo de pascua


Pbro. Carlos Sandoval Rangel

“Diga la casa de Israel: Su misericordia es eterna. Diga la casa de Aaron: Su misericordia es eterna. Digan los que teman al Señor: Su misericordia es eterna” (Ps. 117). La misericordia es parte de la naturaleza misma de Dios y Él nunca cesa de revelarse de esa manera. De hecho, la fe de los apóstoles y de todo creyente se fundamenta precisamente en eso, descubrir y vivir de la misericordia de Dios, que se revela, sobre manera, en la muerte y resurrección de Cristo. Como decía el Papa Francisco: Por nuestra parte, “siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia, pues es fuente de alegría, de serenidad y de paz” (Francisco, MV, 2.). La misericordia es la vía que une de mejor manera a Dios y al hombre, “porque abre el corazón a la esperanza de ser amados no obstante el límite de nuestro pecado” (Ibidem).

Siendo la misericordia la palabra que mejor sintetiza la fe cristiana, el Papa Juan Pablo II pidió que el segundo domingo de pascua se celebrara, de modo predilecto, la divina misericordia.

Así, ayudados por la palabra de Dios, descubrimos que la misericordia divina, en Cristo resucitado, se manifiesta como una nueva creación. Dice el evangelio que “al anochecer del día de la resurrección… se presentó Jesús en medio de ellos” (Juan, 20, 19). Decía el Papa Benedicto XVI: “la tradición neotestamentaria nos dice que Jesús resucitó al tercer día después de la crucifixión y que este tercer día era el primer día de la semana; el día de la creación… que ahora toma un sentido totalmente nuevo… el primer día del verdadero sol resucitado en el mundo”. Añade el Papa: es el primer día: con este día comienza la nueva Creación. Comienza el nuevo tiempo… la nueva vida. Ahora es domingo, día del Señor (Homilía, 30 marzo del 2008). En Cristo resucitado todo se renueva.

Ese día, el primero de su resurrección, Cristo se presentó y les dijo: “La paz esté con ustedes”. En Palabras del Papa Benedicto, este saludo indica reconciliación, perdón por la infidelidad, por la huida de los apóstoles. Los reconcilia consigo mismo y con Dios. Por lo tanto, es un saludo que imprime misericordia.

No olvidemos, nuestra reconciliación fundamental debe ser, ante todo, con Dios y, desde él, con todos. No hay reconciliación en el mundo cuando no se parte de Dios que sana la interioridad. Por eso, el regalo que Cristo ofrece a los suyos con el saludo de la paz. Cuando Dios nos da su paz, que sana lo más profundo, entonces estamos capacitados para estar en paz en todos los ámbitos de la vida.

Pero la misericordia de Dios, también debe ser parte de un proyecto que nos une a ÉL. “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. El encuentro con el Señor es Misión. Así sucedió con María Magdalena: “ve y diles…”; así sucedió con los discípulos de Emaús: “vayan y digan…” y así sucede ahora con los apóstoles: “los envío yo”. Igual, sucede en nuestro bautismo. Recibir la paz de Dios, no implica una pasividad para sentirme bien, para confortar a este individuo, es despertar un dinamismo, una tarea. Es ir a contagiar del bien más alto, que es Dios vivo, que nos hace vivir, que genera esperanza, a pesar de las adversidades. Es entrar en la dinámica de un bien que se difunde y va más allá de sí mismo, con la ilusión de transformar el mundo.

La bondad de Dios se manifestó en los apóstoles cuando Jesús sopló sobre ellos. “Sopló sobre ellos y les dijo: reciban al Espíritu Santo”. Sopló sobre ellos, como Dios sopló sobre el hombre en el momento mismo de la creación. Es decir, Jesús, repite el gesto del creador, con el fin de introducirnos en esta nueva era de la existencia humana. Y les indica: “a los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”. Porque el Espíritu recibido es fuente de perdón, es capaz de una nueva recreación nacida del perdón.

Como sugiere el Papa Benedicto, que el resultado sea lo que ocurrió con el apóstol Tomás. Que, como este apóstol, con profunda fe, con una convicción inquebrantable y con firme devoción, podamos decir: ¡Señor mío y Dios mío!

De él y para él, vivamos

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