*VI domingo de Pascua
Pbro. Carlos Sandoval Rangel
Nos dice el apóstol Pedro: “veneren en sus corazones a Cristo” (1 Pedro 3, 15). La exhortación del apóstol llena de significado el sentido de la fe cristiana, pues, como es sabido, la fe no es sólo razonar sobre una doctrina, ni es sólo una cuestión emotiva expresada en determinados sentimientos, ni puede sustentarse sólo en un acto de la voluntad humana.
Para la tradición antropológica de la filosofía cristiana, el corazón implica la capacidad de interioridad que da unidad. Allí confluye todo, sentimientos, razonamientos, decisiones; allí, en palabras de Benedicto XVI, se entrecruzan la carne y el espíritu para formar una unidad.
En esa capacidad de interioridad, que el apóstol Pedro llama corazón, es donde se personaliza y actualiza la fe. En ese sentido, el corazón es el espacio que permite el verdadero encuentro con Dios. Desde ahí, la palabra de Dios ilumina el entendimiento, la gracia fortalece la voluntad y el amor divino nos mueve a procurar una verdadera amistad con Dios.
Venerar a Cristo en el corazón, como dice el apóstol Pedro, es disponer de ese espacio íntimo para la comunión con Dios, como lo quiere Cristo: “En aquel día entenderán que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes”. En ese sentido, la comunión con Dios parte del corazón, como lugar donde se sintetizan todas las dimensiones y capacidades del ser humano; pero, también, como lugar donde el ser humano se abre a la trascendencia más alta a la que nos llama Dios.
Además, Cristo, con sus palabras, sintetiza la grandeza y el fin definitivo de la fe: “Yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes”. Cristo vino a hacer los méritos suficientes para que nosotros entremos en la intimidad de Dios y Él se haga parte de nuestro ser. En eso consiste la comunión, a la cual estamos llamados.
Venerar a Cristo en el corazón, es, también, asumir la fe como una tarea: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos… El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama” (Jn. 14, 15-21). La fe parte del corazón, porque éste gesta y proyecta la vida, en todas sus vertientes. Así, el encuentro con Dios y, por tanto, la vida de la fe no se queda en un simple sentimentalismo romántico o como un confort. Venerar a Dios en el corazón es encarnar la fe asumiendo un modo de vida, una mística, es llegar a las convicciones y principios más radicales, es tomar como tarea de vida unos valores que deben ser definitivos.
Venerar a Cristo en el corazón, es estar dispuestos a compartir con el mundo ese bien infinito. Si nuestro corazón se regocija en el amor que da sentido a todo, con la luz que disipa las tinieblas, con la gracia que nos capacita para la lucha, por qué habríamos de encerrar ese tesoro. De ahí, el llamado del Papa Francisco a compartir la alegría del evangelio.
Dios, que se ha revelado en Cristo, nos ama por encima de todo, por eso elige nuestro corazón como lugar privilegiado para el encuentro. Pero, nos pide, a la vez, que lo amemos de la misma manera. Cuando el amor llega a esa correspondencia, entonces podemos hablar de comunión con Dios, de donde se deriva la comunión necesaria con los demás. Sólo el amor, en esos niveles de plena correspondencia, y en el modo como Cristo nos lo enseñó, nos capacita para vivir en el otro y para que el otro viva en nosotros, sin lastimar la integridad del propio ser. En eso consiste precisamente la comunión.
Por amor, Él está en nosotros y nosotros podemos estar en Él. Así lo celebramos y vivimos en cada sacramento, especialmente en la Eucaristía.
Sin ese amor, ¡qué vacío se vuelve nuestro corazón! Se vuelve tan miserable que desea llenarse de lo que simplemente enferma.

