Por Velia María Áurea Hontoria Álvarez
No cabe duda: festejar a la madre en México es todo un acontecimiento. Octavio Paz decía que la madre representa lo sagrado, la abnegación, el sostén. Esa figura mítica que se invoca en todo momento pues nos llena de gratitud; nos supura en la culpa y, definitivamente, es pieza clave para mentar el bien y el mal.
Tal vez por eso este año no podía faltar el “regalazo” después del bailable, la coronita de diamantina y la foto para Facebook, ahí llegó la sorpresa oficial: cerrar las escuelas antes de lo previsto por el calor. Así, nomás. Por decreto de la improvisación.
Aparentemente, las autoridades educativas acaban de descubrir que en México hace calor en verano. Tremendo hallazgo. Uno pensaría que, después de décadas construyendo escuelas, alguien habría considerado que los salones necesitan ventilación, sombra, agua o condiciones mínimas para soportar cuarenta grados o las otras gélidas. Pero no. La solución rápida fue bajar cortinas y mandar el problema “a la madre” y de regreso a las casas.
Sin detenerse demasiado a pensar el caos que eso deja detrás: educativo, económico y social. Porque el problema no es suspender clases. Nadie sensato puede pedir que un niño permanezca encerrado en un salón que parece horno, con techos calientes y baños sin agua. El problema es otro, notorio, haber dejado deteriorar durante años la infraestructura educativa y ahora actuar como si el calor fuera una tragedia inesperada y no una negligencia acumulada.
Y mientras desde arriba se habla de ciencia, se trabaja con detalle y minucia en desarrollo para la modernización, abajo siguen resolviendo lo básico con parches. Resulta triste ver cómo un país que presume apostar por el conocimiento termina reaccionando ante el calor como si no supiera dónde está parado. El país no está para estos deslices; no cuando se presume un gobierno de datos y rigor técnico que se desvanece ante el primer termómetro al alza.
Porque, es cierto, alguien tendrá que quedarse con los hijos. Alguien moverá horarios. Alguien pagará más luz. Alguien intentará que los niños no pasen semanas enteras pegados a una pantalla, perdiendo todavía más aprendizaje. Y casi siempre ese “alguien” termina siendo una mujer -y, en el mejor de los casos- apoyada en su propia red familiar.
Lo más preocupante es la resignación con la que aceptamos el golpe: “Ni modo”. “Es lo que hay”. “Ya veremos cómo nos acomodamos” “No seas quejosa”. “Primero la salud”. Claro que primero la salud. Pero también debería importar la planeación, la educación y la dignidad de las escuelas públicas.
¿Dónde quedó el presupuesto para equipamiento? ¿Dónde están los ventiladores, los aires acondicionados o el mantenimiento mínimo? ¿De verdad vamos a normalizar que estudiar sea imposible varios meses al año por falta de infraestructura básica?
Luego nos preguntamos por qué tantos jóvenes no logran acceder a mejores oportunidades y por qué la economía del país avanza con fragilidad. Pero seguimos tratando la educación como un asunto secundario, algo que puede improvisarse dependiendo del termómetro o del humor político.
El país no está para propuestas aventadas al ton ni son; son demasiados los frentes como para agregar otro más, por incompetencia.
A veces pienso que México tiene una fe casi enfermiza en las madres; pues se cree pueden resolverlo todo: educación, caos, horarios imposibles, violencia y ahora también el calor infernal que otros no previeron ni resolvieron.
Y, sí, afirmo que el amor de madre es inmenso —habla aquí la experiencia—, más todavía no enfría paredes.

