MENSAJE DOMINICAL: El camino de la fe no se hace de modo individualista

*XXIII domingo ordinario


Pbro. Carlos Sandoval R.

“Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha habrás salvado a tu hermano” (Mt. 18, 15). Jesús se ha empeñado en enseñarnos a vivir la fe, la cual, parte de un llamado de Dios y de una respuesta personal. Pero, dicha fe, nos integra en una vida comunitaria con los demás creyentes. De ahí que, las enseñanzas que nos regala el evangelio de este domingo tienen sus precedentes.

A su llegada a Cesarea de Filipo, Pedro confesó que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios vivo (Cfr. Mt. 16). Partiendo de eso, Jesús le dice a Pedro: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Y, de inmediato, empieza a indicar una serie de elementos necesarios para vivir en el camino de la fe y ser parte de la Iglesia que Él funda en Pedro y los apóstoles. Lo primero: hay un solo camino, el de la Cruz: “quien no tome su cruz y me siga no es digno de mí”. Ha mostrado, además, el objeto definitivo de toda su obra, que es la gloria del Padre, de ahí la importancia de la experiencia de la transfiguración que les permite vivir a Pedro, Santiago y Juan (Cfr. Mt. 17, 1-13). Suma, también, la sencillez, la humildad, como un ingrediente esencial, por eso: “En verdad les digo: si no se convierten y se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los Cielos. Pues todo el que se humille como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos” (Mt. 18, 5-4). Bien enseña San Agustín: “Si me preguntan qué es lo más esencial en la religión y en la disciplina de la Iglesia de Jesucristo, les responderé: lo primero la humildad, lo segundo la humildad y lo tercero la humildad” (Epistolae, 118, 22). Otro elemento es evitar hacer el mal a los demás, o para ser más precisos, condena a quien sea motivo o causa de escándalo para los otros: “Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran al cuello una piedra de molino… y ser arrojado al mar” (Mt. 18, 6).

Pero, Jesús, va más allá, no basta evitar el mal, tenemos la obligación moral de empeñarnos de modo radical en inducir a nuestro hermano hacia el bien, especialmente si éste anda en caminos equivocados. Pertenecer a la Iglesia encierra preocuparnos por la salvación de todos. Por eso, ¿por qué habríamos de quedarnos tan conformes cuando un prójimo vive en el error?. “Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha habrás salvado a tu hermano” (Mt. 18, 15). Preocuparnos por que el hermano encuentre la salud del corazón, es un acto de amor. Esto es tan importante que, si no te escucha, recomienda hacerse acompañar por otro hermano y, si ni así, entonces decirlo a la comunidad.

Para eso Cristo quiso la Iglesia, para que no caminemos solos. De hecho, la primera Iglesia es la propia familia; la familia es la Iglesia doméstica, donde nos educamos en los valores más altos, donde compartimos de modo íntimo lo que somos y tenemos. Luego cada pequeña familia se une a una gran familia, la Iglesia universal, donde seguimos compartiendo los mismos valores y nos apoyamos en nuestras mutuas tareas terrenales, pero con un proyecto de salvación.

Es tan importante la Iglesia, como comunidad de creyentes, que además de la corrección fraterna, Jesús no recuerda lo fundamental que es orar en comunión: “Yo les aseguro también que si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo… mi Padre celestial se lo concederá” Mt, 18, 19). La oración individual, pues crea toda una disponibilidad y ambiente de confianza en Dios, así, no lo sentiremos como un extraño, sino como Alguien cercano. A veces, de modo espontáneo hacemos una jaculatoria y dirigimos a Dios un pensamiento, pero, que esa oración no nos aísle de su expresión más rica que es orar con otros, empezando desde la familia. Para el cristiano y, aún más, para las familias, la oración debe ser como un oasis espiritual (cfr. Juan Pablo II, FC 59).

Bien nos instruye San Pablo: “No tengan con nadie otra deuda que la del amor mutuo, porque el que ama al prójimo, ha cumplido ya toda la ley” (Rm. 13, 8). Y una de las expresiones más hermosas del amor mutuo consiste en caminar juntos hacia la salvación. Por eso somos Iglesia.

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