*XXVI domingo del tiempo ordinario
Pbro. Carlos Sandoval Rangel
“¿Qué opinan de esto? Un hombre que tenía dos hijos fue a ver al primero y le ordenó: Hijo, ve a trabajar hoy en la viña. Él le contestó: Ya voy, Señor”, pero no fue. El padre se dirigió al segundo y le dijo lo mismo. Este respondió: No quiero ir, pero se arrepintió y fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del Padre?” (Mt. 21, 28-32).
Con esta parábola Jesús nos deja muy en claro que la esencia de la fe no está en unos sentimientos religiosos, ni en ciertas prácticas piadosas, sino en la convicción profunda en la misericordia de Dios, la cual, a la vez, no anula lo anterior. Por eso, pone en contraparte los grupos religiosos de su tiempo respecto a los publicanos y las prostitutas que se han convertido, porque creyeron en lo más importante: la misericordia divina. Hubo publicanos y pecadores que no solo abrieron su corazón a la misericordia mostrada en Jesús, sino que, además, la asumieron como estilo de vida.
No es lo mismo dar un sí a Dios sólo desde el sentimiento y ciertos ritos, que darlo desde una manera de vivir. A Jesús le preocupa la soberbia y, por tanto, la poca humildad de los grupos religiosos del pueblo, que se tenían por buenos y conocedores y por eso despreciaban a los demás. Pero, en aquel pueblo también vivían los publicanos, a quienes se les acusaba de abusar de los demás, sobre todo en el tema de los impuestos. También, había prostitutas, que eran pecadoras públicas. Pues Jesús, no duda en decir: Yo les aseguro que los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino de Dios”
Los que se auto-juzgan como buenos es porque en el fondo creen que el amor de Dios lo lograr por méritos propios, olvidando que, en realidad, por méritos propios no alcanzamos ni para tener la dicha de invocar a Dios. En cambio, el publicano, la prostituta y demás pecadores públicos comúnmente saben que no merecen, que no son dignos. Decía el Papa Francisco: “Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz” (El rostro de la misericordia 1).
El Papa Francisco, en su Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, nos invitó, precisamente, a la no exclusión. Es grave y anti humano excluir a los demás por motivos económicos, culturales, de raza, etc., pero más grave y escandaloso si excluimos a los demás por sentirnos los buenos, los que sabemos, los santos, los puros… a lo cual el Papa le daba el calificativo de “mundanidad espiritual”. La mundanidad espiritual se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a Dios y a la Iglesia, cuando en realidad lo que se busca es la gloria y honor personal; siendo exactamente esto lo que Jesús reprochaba a los fariseos (cfr. n. 93).
En la mundanidad espiritual, la persona se vuelve autoreferencial y excluyente, demasiado segura de sí misma, cree que sabe más que los otros, por vivir cierta disciplina religiosa. Pero si todo eso no conlleva amor y misericordia con los otros, entonces quiere decir que no se ha entendido el amor de Dios y, por tanto, es incapaz de hacer del amor al prójimo un estilo de vida. Ahí no se genera la comunión de vida.
La vida cristiana logra su cometido en cada creyente, cuando movido por Dios, asume un compromiso con lo bueno y verdadero; la vida cristiana es la respuesta amorosa y responsable a lo que construye la comunidad. Por eso, aquel segundo hijo que señala el Evangelio, en un primer momento dijo que no a su padre, pero luego rectificó, pues tomó conciencia de lo bueno, de lo importante. Cristo es el modelo de obediencia, pues obedeció la voluntad del Padre convencido de un proyecto de amor que humaniza y engrandece y que no discrimina al pecador o el que piensa diferente (Filp. 2, 1-11).
El profeta Ezequiel nos recuerda la esencia de la misericordia de Dios: “Cuando el justo se aparta de la justicia, comete la maldad y muere; muere por la maldad que cometió. Cuando el pecador se arrepienta del mal que hizo y practica la rectitud y la justicia, él mismo salva su vida” (18, 26-27). Es decir, cuando humildemente nos reconocemos necesitados de la misericordia divina, que eso se haga vida en la rectitud y de la justicia.
La verdadera religión genera encuentro, comunión, siempre edifica.

