Por Velia María Áurea Hontoria Álvarez
Cada vez escucho con mayor frecuencia a personas jóvenes decir: «No quiero tener hijos». Y una, que viene de otros siglos, se pasma y puede pensar muchas cosas. De primera me sale un ¿cómo? si ser madre es un privilegio, los hijos son nuestra herencia. Pero de inmediato me freno ¿por qué piensan y sienten así? ¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué cada vez veo más carriolas con perrijos, gatos o hasta conejos peinados con esmero?
Los números hablan sin rodeos: en México pasamos de 2.21 hijos por mujer en 2014 a 1.60 en 2023. Los que saben dicen que ya ni siquiera aseguramos el relevo generacional y que ese silencio de cunas puede ser el mapa de un país que puede encaminarse a envejecer a solas, con patios escolares vacíos, sistemas de pensiones rotos y ciudades diseñadas para producir, pero sin manos para arropar a los que nacen o envejecen.
Lo rápido sería juzgar a los jóvenes: le huyen al compromiso, son egoístas, comodinos, prefieren irse de viaje y comprarse cosas. No me la compro. Tampoco alcanza la explicación del dinero; sí un hijo cuesta, y un dineral: pañales, pediatra, escuela, comida, la renta y un mar de imprevistos que ningún Excel aguanta. Más también una mascota hoy mueve una industria millonaria.
También es importante reconocer que, para una mujer, tener un hijo pudiera significar una fuerte factura en este mundo competitivo y exigente. Donde pudo existir una fuerte decisión sin rechazo a la maternidad, pero sí como en una disyuntiva impuesta en donde se agotó el reloj biológico al consolidar un empleo, unos estudios o sosteniendo a padres y hermanos, o solamente por no romperse en el intento de ser profesionistas y cuidadoras de tiempo completo. Pero parece que esta tampoco es la razón de fondo.
Pues presiento que, aunque mañana tuviéramos esas guarderías maravillosas, viviendas accesibles, horarios adaptados a la crianza, escuelas que no ahogaran con kilos de tareas y hombres estupendos cambiando pañales a las tres de la mañana, seguiría preguntando ¿por qué para algunos jóvenes un hijo dejó de formar parte de su vida?
Siento que algo cambió por dentro. Hay quienes quieren y de veras no pueden. Otros quieren, pero todavía no es la hora. Y algunos, con toda serenidad, han decidido que no quieren ni querrán nunca.
En mis tiempos nadie te preguntaba si querías ser mamá. Era un hecho. Como casarse, lavar calzones y, si además trabajabas, hacer maromas. Hoy una mujer puede decir con absoluta legitimidad: «Gracias, no». Y despreocupadamente vivir las miradas u opiniones adversas.
Entonces ¿Qué me quiere enseñar esta generación?
Tal vez estos jóvenes dicen: No me alcanza con lo que gano; no quiero replicar la maternidad de mamá; no encontré con quién hacer equipo; amo mi libertad; este mundo me da miedo; somos demasiados desgastando al planeta, es mi forma de cuidarlo y ser congruente. Quizá reconoce algo que en otra generación era difícil imaginar: tener hijos, también puede ser una elección.
O sin tregua expresa: Mi vida no necesita prolongarse en otra para tener sentido.
Y ahí cuando la siento me entra una profunda mudez.
Porque llevo todo este tiempo dándole vueltas a por qué ellos no quieren tener hijos, o porqué prefieren traer a sus acicaladas mascotas cuando la pregunta que de veras me toca responder es otra:
¿Por qué me cuesta tanto entender que para alguien una vida sin hijos también pueda ser una vida completa?

