Navegando en tierra firme

Por Velia María Áurea Hontoria Álvarez

Hace veinte años, la idea de construir un puerto en medio de tierras de cultivo en Silao sonaba a despropósito geográfico. ¿Un puerto sin mar? Hablar de aduanas interiores, conexiones ferroviarias y empresas internacionales parecía, para muchos, querer sembrar barcos donde se levantaban cosechas y lejano se mecía el mar.
Pero hubo quienes pudieron mirar más lejos. Hace unos días entrevisté a Héctor López Santillana sobre Guanajuato Puerto Interior, que celebra veinte años de su inauguración. Quería conocer la historia del proyecto y terminé pensando en algo que nos hace mucha falta: la capacidad de imaginar un futuro y tener la disciplina de construirlo, aunque sus resultados no lleguen a tiempo para nuestra fotografía. Porque tener una idea entusiasma; presentarla, también. Lo difícil viene después: convertirla en un plan, reunir voluntades, escuchar objeciones, resolver obstáculos y continuar cuando todavía hay más dudas que certezas. Hoy, donde aquella apuesta tomó forma, conviven empresas, infraestructura logística y espacios de formación. Hay empleos y familias cuya vida se enlaza con lo que otros imaginaron años atrás. Ese es el sentido más profundo del desarrollo: que una decisión termine abriendo posibilidades en la vida de las personas, forjando patrimonios.
Héctor ha acompañado esta historia desde distintas responsabilidades: la Secretaría de Desarrollo Económico, el gobierno interino del estado, la alcaldía de León y, desde 2021, la dirección general de Puerto Interior. Su trayectoria permite mirar el valor de un articulador de largo plazo: alguien que conoce el origen de una apuesta y vuelve al terreno para seguir trabajando en ella. Pero ninguna obra de esta dimensión cabe en un solo nombre ni en un solo hombre; los grandes sueños son forjados por los deseos y anhelos de muchas personas, de decenas de equipos.
Me interesó especialmente escucharlo hablar de algo que pocas veces reconocemos: preparar a quienes vienen detrás. Enseñar lo aprendido, confiar, dejar hacer y entender que nadie debería volverse indispensable. Porque construir también es saber hacerse a un lado sin que lo construido se caiga. Hay desprendimiento en compartir lo que sabemos y preparar el terreno para quienes un día ocuparán nuestro lugar.
Eso requiere valor y tenacidad; una tenacidad que tiene poco de lucimiento: revisar, corregir, volver a intentar, cumplir acuerdos. Hay jornadas que no producen una inauguración, pero sostienen todo lo que después se inaugura. Por supuesto, aún queda camino por andar y asignaturas pendientes: lograr que el dinamismo de las naves y el éxito de las exportaciones se traduzcan en mejores oportunidades de vida y en bienestar compartido para las comunidades del entorno.
Según lo compartido en nuestra conversación, Puerto Interior lleva años sosteniéndose económicamente por sí mismo. Esa condición habla de la importancia de planear también la operación: cómo mantener vivo lo construido, hacerlo útil y darle continuidad.
¿Cuántas buenas ideas se nos quedan a medio camino porque nos desespera esperar? ¿Cuánto conocimiento perdemos cuando llega alguien que necesita empezar de cero para demostrar que llegó?
A veces confundimos el cambio con borrar. Y cada vez que desechamos lo que funciona, obligamos a los demás a pagar otra vez el aprendizaje. La continuidad exige criterio: reconocer lo valioso, corregir lo que falla y ampliar lo que puede servir mejor. Ni las empresas ni las ciudades pueden vivir sujetas al humor del siguiente responsable. Necesitan rumbo, equipos y una responsabilidad que alcance más allá del cargo.
Ahora toca imaginar la próxima frontera, hacer realidad otro sueño, abrir una Puerta para que otros puedan remar hacia mejores oportunidades. Y quedarse el tiempo necesario para que eche raíz. Enhorabuena, Puerto Interior, ¡por tus primeros veinte años!

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