Por Velia María Áurea Hontoria Álvarez
¿Sufrir nos hizo mejores? ¡Qué frase tan dura!
Pero parecía que así debía ser en aquellos tiempos, cuando para lucir una bonita trenza y parecerme a la Sirenita había que soportar los tirones de mamá: «La belleza cuesta», decía; así que quietecita y a aguantar.
Presentarse a trabajar despeinada, con la ropa sucia o rota era impensable. Hoy la comodidad impera y el desaliño ya no parece quitarle el sueño a nadie. Entre los tirones de pelo de ayer y las libertades de hoy, algo cambió; y esta vez no tiene caso culpar a la tecnología. Ahora la consigna es fortalecer la autoestima, evitar frustraciones, validar emociones y procurar que nadie se sienta incómodo. Ya no se pide permiso, se avisa: si te parece bien, qué bueno; si no, también. El conflicto surge cuando aparece el primer «no»: una crítica, una obligación, una exigencia de análisis o alguien que se atreve a decirnos que no somos tan extraordinarios como creíamos. Que cumplir con aquello por lo que recibimos una compensación no es una hazaña heroica. Que pensar, resolver y asumir consecuencias también forma parte del paquete.
¿Fuimos la generación que educó reyes incapaces de barrer sus propios palacios? ¿Forjamos seres frágiles? ¿O simplemente criamos hijos que aprendieron a cuestionar lo que nosotros jamás nos atrevimos a discutir?
Tampoco se trata de añorar aquellos tiempos en los que obedecer era la única virtud, callar una obligación y sufrir un certificado de buena educación. También nosotros tenemos lo nuestro: nos acostumbramos tanto a medir el compromiso por las horas de martirio que a veces nos cuesta reconocer a quien hace bien su trabajo y luego se marcha tranquilamente a vivir. Como si disfrutar del descanso fuera una ofensa contra quienes no supimos hacerlo.
Observo jóvenes distantes, apáticos, sin muchas ganas de involucrarse, pero con un apetito voraz por viajar, pasear y disfrutar. Y, caray, resulta que yo también tengo esas ganas. La diferencia es que a mí todavía me visita esa vocecilla que pregunta si ya terminé los pendientes antes de concederme el gusto.
Porque a mí también mamá me dijo que era especial; la diferencia estaba en las instrucciones que venían incluidas.
A mi generación se le dijo que para merecer había que sufrir; a ellos les hemos dicho que para vivir hay que estar bien. Y parece que nos tomaron la palabra. Así terminamos jugando al teléfono descompuesto: nosotros confundimos el sacrificio con el mérito; ellos podrían estar confundiendo el bienestar con la ausencia de obligaciones. Y yo tengo ganas de entender; ya me cansé de cuestionar.
Aprendimos a comunicarnos con el otro lado del planeta en milisegundos, traducimos idiomas ajenos con un clic y hasta le pedimos a una máquina que analice nuestros pensamientos, pero nos cuesta cada vez más sentarnos a escuchar a quien tenemos enfrente y comprender sus silencios.
Tal vez no haga falta regresar a los tirones ni a la idea de que todo se merece a fuerza de sacrificio. A lo mejor se puede cumplir sin sufrir, trabajar sin vivir para trabajar y descansar sin sentir que estamos haciendo algo malo. Porque una cosa es dejar de sufrir de más y otra muy distinta olvidarnos de nuestras obligaciones.
Y ya que hablamos de obligaciones, también habría que recordárselas a nuestros gobernantes: menos discurso y más escoba; más focos, menos baches. Que para eso están, ¿no?

