*Fiesta de todos los santos
Pbro. Carlos Sandoval Rangel
La fiesta de hoy nos pone de frente a dos verdades fundamentales de nuestra fe: la primera, es “la llamada universal a la salvación” y, la segunda, “la comunión de los santos”. Sobre la primera, partimos de que todos los seres humanos le pertenecemos a Dios en calidad de criatura, pero que Él desea que, libremente, le pertenezcamos en calidad de hijos.
El apóstol nos comparte su revelación: “Yo, Juan, vi a un ángel que venía del Oriente. Traía consigo el sello del Dios vivo” (Ap. 7, 2). Los santos Padres señalaban que dicho sello hace referencia al bautismo traído por Cristo. Si, en orden a la creación, ya le pertenecemos a Dios, por su bondad nos hace una llamada para pertenecerle como hijos. Pero, a ello, cada quien responde de manera libre. El llamado es para todos: “vi luego una muchedumbre tan grande, que nadie podía contarla. Eran individuos de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y lenguas” (Ap. 7, 9).
Sobre “la comunión de los santos”: los que aún peregrinamos en esta realidad temporal, a pesar de los contratiempos, disfrutamos de la fe y el amor que Dios nos ofrece. Pero hay unos hermanos que, superadas las pruebas de la vida terrenal, ya disfrutan de la visión beatífica de Dios. “Son los que han pasado por la gran tribulación y han lavado y blanqueado su túnica con la sangre del cordero” (Ap. 7, 14).
A estos hermanos los llamamos santos, porque disfrutan plenamente de Dios en la gloria del cielo. A ellos, los hacemos presentes el día de hoy no sólo para unirnos a ellos en la alabanza a Dios y no sólo para pedirles que intercedan por nosotros, sino especialmente para recordar que es importante imitarles en su decisión por vivir el camino del Evangelio. Un camino que hoy Jesús sintetiza en ocho bienaventuranzas (cfr. Mt. 5, 1-12) y que es la manera concreta de responder al llamado de la salvación y de hacer valer nuestra pertenencia a Dios.
Las bienaventuranzas cierran con una conclusión muy importante: “Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos” (Mt. 5, 12).
Tengamos por cierto que nadie nos va perseguir por decir que creemos en Dios, que leemos el evangelio o participamos en determinados actos de culto. De eso, cuando mucho, algunos nos criticarán. La persecución, de la cual nos habla Jesús, es más bien por decidir vivir como cristianos. Eso fue lo que hicieron los santos, decidieron vivir verdaderamente como cristianos. Actuar como cristianos sí provoca estar en la mira de muchos.
Dicen los documentos de la Iglesia: “a todos los cristianos nos pertenece, por propia vocación, buscar el Reino de Dios, tratando y ordenando según Dios los asuntos temporales” (LG 31). En definitiva, “no es posible creer en la santidad de quienes fallan en las virtudes humanas más elementales” (A. del Portillo).
“Muchas veces, tenemos la tentación de pensar que la santidad se reserva sólo a los que tienen la posibilidad de separarse de los asuntos cotidianos, para dedicarse exclusivamente a la oración. ¡Pero no es así!”. La santidad la vive “cada uno en las condiciones y en el estado de vida en el que se encuentra” (Francisco). En eso cotidiano y en las exigencias y en las oportunidades de la vida urge que hoy actuemos como verdaderos cristianos. Por eso, las bienaventuranzas son un estilo de vida.
La limpieza de corazón, como exigencia evangélica, implica: hacer cada acto movidos por el amor, esforzarnos por hacer cada vez mejor las cosas, por pequeñas que parezcan, y siempre estar ocupados en el bien de los demás, como Cristo nos enseñó. Ese es el camino de las bienaventuranzas, esa es la santidad.

