*XXXII domingo del tiempo ordinario
Pbro. Carlos Sandoval Rangel
“Radiante e incorruptible es la sabiduría: con facilidad la contemplan quienes la aman y ella se deja encontrar por quienes la buscan” (Sab. 6, 12). Basta amarla para contemplarla; buscarla, para encontrarla (Prov. 8,17). Es dichoso quien la prefiere por encima de las riquezas y de la fama.
Estas palabras del libro de la sabiduría expresan la reflexión un hebreo orante que está preocupado por los problemas existenciales que limitan al ser humano para encontrar el camino de la verdadera felicidad. La historia de la humanidad es el mejor testimonio de lo mucho que se complica la vida personal, familiar y de cualquier pueblo cuando nos olvidamos de lo más preciado, como es la sabiduría.
La sabiduría, como enseñaba Aristóteles, nos permite actuar a partir de las causas y los principios que dan orden a todo, lo cual nos ayuda a entender el fin para el cual se hace cada cosa (cfr. Libro de la Metafísica). Santo Tomás la señala como la ciencia más alta de la razón, de la cual es propio conocer el orden, por eso “es misión del sabio ordenar las cosas” (Comentario a la ética a Nicómaco). San Agustín, por su parte, dice que la sabiduría es la ciencia de las cosas humanas y divinas (Cfr. Contra los académicos).
“A los que son dignos de la sabiduría, ella misma sale a buscarlos por los caminos; se les aparece benévola y colabora con ellos en todos sus proyectos” (Sab. 6, 16). En cambio, los que buscan saturar, de modo desordenado, su vida con bienes materiales o con poderes temporales, lo que hacen es sofocar su corazón. Y de un corazón sofocado por el desorden salen consecuencias terribles para sí mismo y para los demás. Así, el corazón se ciega por la soberbia y elimina, en primer lugar, a Dios que es la fuente de la sabiduría. En cambio, comenta san Agustín, la sabiduría “conserva el equilibrio, sin excederse demasiado ni limitarse más de lo que pide la plenitud”.
La sabiduría se ha encarnado y personificado en Jesús. Él nos enseña que cuando el corazón no está en vela, se pierden las mejores oportunidades de la vida, especialmente la oportunidad de disfrutar de la presencia de Dios. De ahí que, hoy, nos exhorta a estar con las lámparas encendidas. Como nos lo enseña en el evangelio, las vírgenes que tenían preparadas sus lámparas entraron a disfrutar de la fiesta de la boda y las que no, se quedaron fuera.
Así, la sabiduría no sólo ilumina el corazón para las grandes decisiones, sino que, además, lo mantiene despierto, siempre en espera de lo más importante. De ese modo, la sabiduría evita que el corazón sucumba en la tibieza, la indiferencia, la mediocridad, la maldad o el apego a las cosas del mundo que empolvan el corazón, haciendo que se olvide de los bienes más sublimes.
Si hacemos una encuesta para preguntar quién quiere ser amigo de Dios, sin duda la mayoría dirá que sí lo desea. Pero si hacemos otra para medir a quien le interesa vivir sustentando su vida en la sabiduría que viene del evangelio, posiblemente los resultados no sean tan favorables. Así pasó con las doncellas de la parábola del evangelio y así pasa, tantas veces, con la humanidad. La mayoría queremos estar en la fiesta, queremos que el mundo esté bien, pero no todos nos aplicamos en serio para crear un mundo sustentado en los sólidos principios. El dinero, la fama, el poder, el placer, etc., también son ingredientes que, por naturaleza, están implicados en nuestra vida, pero, cuando no les damos orden, los sobrevaloramos y, en consecuencia, desajustan nuestra vida.
“Señor, tú eres mi Dios, a ti te busco” (Ps. 62). ¡Enséñame a vivir!

