Por Velia María Áurea Hontoria Álvarez
Cuando el miedo te cimbre, tómalo de la mano y camina a su lado.
No mires atrás, pero ten cuidado en dónde pisas. Levántate temprano para que puedas ver el amanecer y no dudes: si hay sol, es seguro que por ahí anda la luna. Cuídate. Sé amorosa con tu cuerpo y no permitas que nadie lo trasgreda ni lo manche. Sé pulcra en tu hablar y en el vestir. Que tus manos y tu corazón jamás estén ociosos. Y cuando la tristeza, el dolor o la enfermedad toquen a tu puerta, recíbelos con dignidad. Siéntate con ellos. No los rehuyas, pero tampoco los conviertas en amigos. Míralos de frente. Escucha su mensaje. Recuerda que después de las tormentas más feroces siempre aparece el arcoíris. Porque en esta vida —mi querida Giú— todo fluye y nada permanece.
Muchas mujeres, a lo largo de la historia, han vivido bajo el peso de un miedo que no eligieron. Un miedo impuesto. Se les ha privado de un derecho básico: la libertad de ser, ese que debería acompañarnos desde el momento mismo de nacer. En muchos lugares del mundo —cerca y lejos— las mujeres han sido encerradas en silencios obligados. Enmudecidas, mancilladas. Nacen en el miedo y mueren en el mismo.
Y lo más doloroso es que, en ocasiones, la violencia se ha normalizado tanto que incluso se “empaqueta” en discursos de resignación. Como si el fatalismo pudiera distribuirse en pequeños kits culturales que enseñan a sobrevivir… o a morir. Olvidando que lo que debemos enseñar es a vivir. Como bien dijo Simone de Beauvoir: “No se nace mujer: se llega a serlo”.
La sociedad construye —muchas veces con cadenas invisibles— el papel que se espera que una mujer desempeñe. Te casarás. Serás bella. Sin arrugas. Esbelta. Y si no cumples con el molde, pareciera que la desgracia te acecha. Pero la realidad es más dura que cualquier discurso. Cada día, más de 140 mujeres y niñas son asesinadas en el mundo por alguien de su propia familia. Y según datos del INEGI, en México más del 70% de las mujeres han experimentado algún tipo de violencia a lo largo de su vida. Detrás de cada cifra hay una historia. Un rostro. Un nombre.
Pero también hay que hablar de la resiliencia femenina. Porque, a pesar de todo, las mujeres nos reconstruimos. Quizá porque cuando comprendemos el miedo aprendemos a domesticarlo. Ahí está la mujer que estudia cuando le dijeron que no podía. La profesionista que insiste. La empresaria que abre camino. La que habla mientras otras callan. Y también están las madres que han tenido que mirar a sus hijos en salas mortuorias y pagar cuotas infames sólo por poder abrazarlos un momento más. Esas son las verdaderas heroínas. Las que, con pequeñas rebeliones —cotidianas, discretas y persistentes— han movido el mundo.
“El miedo es el peor consejero”, escribía Rita Levi-Montalcini. El miedo existe. Se siente. Se respira. Pero no nos gobierna.
La libertad empieza cuando aprendemos a respetarnos: en el cuidado del cuerpo, en la dignidad de la palabra, en la conciencia de que nadie tiene derecho a borrar nuestra huella. Ser mujer no debería ser un acto de resistencia. Pero mientras el mundo termina de entenderlo —y a veces pretende reducirlo a moños, consignas o marchas sin fondo— muchas seguiremos caminando de la mano con nuestros miedos, con nuestras angustias y nuestras eternas búsquedas.
Porque somos como los juncos: podemos doblarnos ante la tempestad, pero regresamos siempre a nuestro centro y jamás perdemos las raíces.

