El pastor y el lobo

Por Velia María Áurea Hontoria Álvarez

Las fábulas, esos pequeños relatos que, en cuestión de minutos, nos heredan una vida de enseñanza. De niña no solo las leía: en la sobremesa, mis papás comentaban sus mensajes con el claro propósito de formarnos bajo ciertos criterios. Lo mismo hice con mis hijos y ahora, amorosamente, lo repito con mis nietos.
Hace poco recordé una de ellas, y no fue casualidad. En una charla profunda con un amigo a quien admiro, surgió un tema inquietante: la desolación que habita en quienes hacen de la mentira un hábito. Entonces volví a la fábula del pastor y el lobo. Y también volví a mí.
Porque sí, yo he mentido. Y aunque solemos justificarlo —por evitar un conflicto, por cortesía o por salir del paso—, mentir no es un acto inocente. Implica sostener una versión paralela de la realidad: recordar lo dicho, ajustar el discurso, cuidar cada detalle. Es, en el fondo, un desgaste constante. Bien se dice que nadie tiene memoria suficiente para sostener una mentira de forma indefinida; tarde o temprano, la verdad encuentra la forma de abrirse paso y, entonces, el castillo de naipes se derrumba.
Diversos estudios señalan que la mentira frecuente genera tensión emocional, ansiedad e incluso distorsiona nuestra percepción de la realidad. Poco a poco, lo falso comienza a parecernos terreno firme, cuando en realidad nos deslizamos en arenas movedizas. El problema deja de ser lo que decimos para convertirse en lo que creemos.
Hoy, con la saturación de información en redes y pantallas —tanta de ella falsa—, la mentira se ha vuelto parte del paisaje. Se dice con ligereza, se escucha sin sobresalto y se tolera más de lo que quisiéramos admitir. Un simple “no quiero ir” se transforma en una tragedia inventada; un “¿fuiste tú?” deriva en una cadena de justificaciones digna de una serie de Netflix, donde la verdad se diluye entre el drama y el desengaño.
¿En qué momento empezamos a normalizarlo? Nos hemos acostumbrado a las versiones convenientes. Preferimos la comodidad de la mentira antes que la incomodidad de una verdad que nos obligue a actuar, a confrontar o a pedir disculpas. Pero la fábula es clara: si abusamos del engaño, llegará el día en que nadie escuche cuando digamos la verdad.
Y, sin embargo, aquí nace la esperanza. ¿Qué pasa si decidimos dejar de mentir? Al principio aparece el vértigo de la vulnerabilidad. Pero pronto descubrimos que se vive mejor —más ligero, más en paz— cuando somos capaces de reconocer un error o un descuido sin disfrazarlo. Cuando dejamos de perder horas en discursos, en lamentos que buscan culpables y decidimos resolver, entonces podemos asumir el error o enfrentar las consecuencias. Ahí, es donde el error deja de ser carga y se transforma en aprendizaje.
Decir la verdad, incluso cuando incomoda, sigue siendo un acto valiente. Porque la verdad, aunque a veces duela, tiene una cualidad que la mentira nunca alcanza: libera. Nos devuelve la posibilidad de mirarnos a los ojos, de reconstruir la confianza y de habitar nuestra propia vida sin fragmentos. Reconocer nuestras debilidades nos hace humanos; sostener la verdad nos hace libres, como nos decían en mi querida prepa Marista. En ese acto recuperamos algo esencial: la capacidad de confiar y de reconocernos vulnerables y finitos.
Feliz, mágico y bendecido domingo de Pascua.

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