Por Velia María Áurea Hontoria Álvarez
En la reciente Caminata de Mentoreo de Diez Mil Mujeres GMW2026 se confirmó una verdad que el mundo corporativo suele olvidar en su prisa: el conocimiento solo cobra sentido cuando se comparte. Caminar al lado de otras mujeres no es un acto de guía, sino un ejercicio de generosidad colectiva que desafía la vieja creencia de que el saber debe guardarse bajo llave. En Celaya, este espíritu toma forma gracias al impulso de liderazgos como Angélica Lobo Rencillas, Norma Gómez Manríquez y Martha Melgar Rojas, quienes han entendido que compartir no debilita el poder: lo multiplica.
Durante mucho tiempo se nos hizo creer que ocultar la “fórmula mágica” era la única forma de conservar ventaja. Como aquellas recetas familiares que, por estar celosamente guardadas, terminaban olvidadas, como “ases bajo la manga” que inflan el ego, pero aíslan. Sin embargo, si el mundo ha avanzado es porque el conocimiento circula y transforma. Los grandes científicos publicaron sus hallazgos, y hasta aquellas figuras que la historia llamó brujas o magos dejaron registro de sus saberes. Isaac Newton lo expresó con claridad: “Si he visto más lejos, es porque estoy de pie sobre los hombros de gigantes”. Hoy, nos corresponde a nosotras ser esos hombros.
En estos días de marzo, donde el ritmo se interrumpe y la vida nos obliga a recalibrar, vale la pena hacer una pausa consciente. Observar, escuchar y preguntarnos qué estamos dispuestas a compartir. Ya no son tiempos de acumular fórmulas, sino de ponerlas en circulación para fortalecer lo colectivo. H.G. Wells lo advirtió con lucidez: “La historia de la humanidad es, cada vez más, una carrera entre la educación y la catástrofe”. Compartir lo aprendido es, en esencia, una forma de educar y de evitar que otros tropiecen donde nosotras ya caímos.
La verdadera magia no reside en la exclusividad, sino en la transmisión. Al abrir nuestros procesos y compartir nuestras estrategias de resiliencia, transformamos el miedo en valor. No se trata de que otros sigan nuestros pasos, sino de que encuentren su propia voz a partir de una luz compartida. Margaret Fuller lo resumió con precisión: “Si tienes una luz, deja que otros enciendan sus velas en ella”.
Pienso en mis maestros, en quienes me tendieron la mano cuando el camino era incierto. A ellos debo no solo lo aprendido, sino también la certeza de que la generosidad deja huella. Mis triunfos los dedico a ese brujo que desde la sencillez me señaló el camino y son las cicatrices de mis propias caídas las que dan testimonio de ese aprendizaje y de mi fidelidad como alumna. Por eso lo afirmo sin titubeos: si tienes un conocimiento que puede servir, compártelo; si sabes cómo evitar una caída, adviértelo. Callar por prudencia o por comodidad puede ser tan dañino como hablar sin verdad.
El mes se cierra entre vientos y polvo, pero aun así seguimos caminando. Y en ese andar, queda una convicción clara: el conocimiento no es un patrimonio privado, sino un recurso que se renueva al compartirse. La incertidumbre se disipa cuando entendemos que no avanzamos solas, sino como parte de una red que construye propósito. Porque, al final del día, el único tesoro que realmente conservamos es aquel que hemos tenido la valentía de entregar a los demás. Y tú ¿qué vas a compartir con los tuyos este domingo?

