Por Velia María Áurea Hontoria Álvarez
¿Sabes? amo las preguntas. Las respuestas rápidas suelen engañar; las preguntas ordenan el pensamiento. Prefiero interrogarme antes que gritar; la duda me centra, me aclara, me conduce. ¿Me acompañas?
¿La paz depende de un operativo con nombre atractivo?
No. La paz no es un acto publicitario ni un blindaje de ocasión. La paz no es para unos cuantos: se debe a todos. Es un sistema cotidiano: escuelas seguras; docentes acompañados; salud mental; campo y agricultura asegurados; ciudadanía que trabaja sin temor a la extorsión; policías formadas y bien pagadas; fiscalías que investigan; juzgados que resuelven; municipios con capacidad real de gobierno. Sin ese engranaje, cualquier anuncio es efímero.
¿Por qué meter a las escuelas en una conversación sobre seguridad?
Porque la paz empieza en el aula. Un plantel que no gotea, un laboratorio útil, una biblioteca viva y una tutora bien capacitada y bien remunerada son prevención temprana. Escuelas fuertes crean vínculos, oportunidades y pertenencia. El campo, que asegura nuestra alimentación, también merece paz. Así de elemental.
¿Entonces las becas y los apoyos están mal?
No. Son necesarios para la movilidad social. Lo que falla es tratarlos como política educativa —y además electorera— en sí mismos. Las becas deben exigir asistencia, tutorías y evaluación; los apoyos a la agricultura y a las empresas deben entregar resultados medibles y rendimientos sociales. De otra forma, se administra la esperanza, pero no se transforman trayectorias ni crecimiento. Beca sin aula es promesa corta y control largo; apoyo a fondo perdido, mal negocio.
¿Y la educación privada? ¿Es privilegio?
No, es parte del derecho a educarse. Satanizarla es un desvío. Lo público debe garantizar aprendizaje de calidad en cualquier modalidad. El eje no es quién opera la escuela, sino qué aprende el estudiante y en qué condiciones.
¿Qué me enfada?
Que se anule la exigencia. Que al grito de la juventud se le responda llamándola “bots”. Que se regale sin pedir nada a cambio. Que no lleguen becas a quienes sí quieren más y se reduzcan los apoyos a niveles superiores. Personas que se esfuerzan por pensar y servir mejor. Eso es demeritar al que aspira. Y aquí va mi reclamo airado: tachehuarache. Lo que no se mide, se maquilla. Miremos asistencia, aprendizajes y permanencia.
¿Será que “no alcanza” el presupuesto?
Alcanza. Lo que no alcanza es la intención.
¿Y las víctimas? ¿Y la justicia? Al centro. La paz exige atención integral, reparación, refugios y acceso real a la justicia, sin intimidación ni corrupción. La coordinación debe dejar de ser foto, responsables identificados y sujetos a la ley. Presupuestos etiquetados y consejos ciudadanos con voz y voto. Las estadísticas deben ser reales y congruentes con lo que se vive cada día. Jueces a modo, gráficas trucadas “tachehuarache”.
¿Seguimos repitiendo promesas? Sí. El retroceso está en instituciones debilitadas, datos opacos y padrones inflados. Presupuestos, contratos y resultados deben ser públicos, comparables y auditables. No es su dinero: es nuestro. Un jurista lo dijo bien: la democracia es el poder público en público. Ahí se refleja la honestidad: cuentas claras, sin adornos.
Entonces, ¿Qué propongo?
Becas con condiciones y tutorías; maestros bien pagados; mantenimiento e infraestructura con metas alcanzables; castigo a los delincuentes con investigaciones a fondo, no a modo; instituciones restauradas e independientes; mesas ciudadanas libres. Sin palabrería, con método. Resultados, no relato.
¿Será mucho pedir? “Vayaustéasaber” pero hoy reafirmo la paz, se demuestra.

