La rebeldía de quedarse

Por: Velia María Áurea Hontoria Álvarez

Hoy cumplo cuarenta años de casada. Lo escribo y todavía me sorprendo. Qué rápido pasa la vida cuando no te das cuenta de que la estás construyendo… y eres tú la protagonista.
No han sido cuarenta años de foto perfecta. Han sido años de trabajo, de discusiones, de silencios largos y de risas que siempre regresan. Han sido crisis económicas que nos apretaron el cinturón y días luminosos donde todo parecía posible. Han pasado sexenios, modas, tecnologías, discursos y promesas… y aquí seguimos.
En un mundo donde todo parece desechable —los empleos, las ideas, hasta las relaciones— permanecer se ha vuelto casi un acto de rebeldía. Nos dicen que cambiemos cuando algo incomoda, que sustituyamos y tiremos lo que falla. Que comencemos de nuevo sin mirar atrás. Pero poco hablamos de sostener. De quedarnos. De reparar.
Hace tiempo releí a Zygmunt Bauman cuando hablaba de esta “modernidad líquida”, donde los vínculos se vuelven frágiles. Pensé que quizá lo verdaderamente revolucionario no es empezar algo con entusiasmo, sino mantenerlo vivo cuando el entusiasmo baja. Miro a muchos jóvenes mudando de piel bajo la consigna de “vive la experiencia y sigue”. Pero la permanencia no es automática: es una decisión consciente.
Porque sostener un proyecto común —sea un matrimonio, una empresa o un país— no se logra con flores ni con discursos huecos. Se logra cumpliendo lo pactado. Hablando cuando se necesita. Con conducciones claras, sin ausencias. Callando para escuchar de verdad. Sentándose de nuevo a la mesa cuando lo más fácil sería irse… o refugiarse en el celular.
La familia no está aislada de lo que pasa afuera; es un pequeño laboratorio de gobernanza. Ahí se aprende a negociar, a rendir cuentas, a resistir. Las lágrimas saben a sal y las risas no son solo para las fotos.
Hemos visto pasar crisis donde la indiferencia pudo haber sido la sábana cómoda. Transformaciones que cambiaron nuestra forma de producir, de comunicarnos y de actuar. Nos fuimos amoldando —sin grenetina—. Las arrugas llegaron y el carácter se templó. Pero lo que permanece no es lo que nunca cambió, sino lo que supo ajustarse sin traicionarse.
Tal vez ahí está la diferencia de nuestra época: confundimos modernidad con fragilidad. Creemos que lo nuevo siempre es mejor y que lo duradero es aburrido. Y no. Lo duradero es valiente. Y eso, tú y yo, lo sabemos bien.
“En las buenas y en las malas; en la salud y en la enfermedad.” Esa frase no es un poema romántico. Es un contrato moral. Es disciplina en el afecto y rigor en las formas.
Cuarenta años no son solo una cifra.
Son miles de decisiones pequeñas tomadas a favor del “nosotros”, todos los días. Son el recordatorio de que amar no es un arrebato… es una elección reiterada.
Si bien los años enseñan cautela, los tiempos exigen valentía. A volver a creer. A encontrar coincidencias. A confiar en que el diálogo no se sostenga solo en folletos ni en brillantes libracos. Todos los días le soplamos a la desilusión para que esa moneda al aire sea atrapada a cuatro manos, conservando —contra todo pronóstico— el amor, la ilusión y la esperanza.
Gracias por permanecer y no dejarme a oscuras.
Gracias, por esa rebelde permanencia que sigue diciendo: en la calle, codo a codo… somos mucho más que dos.

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