Por Velia María Áurea Hontoria Álvarez
Hace poco escuché a la neurocientífica Nazareth Castellanos decir algo que me sacudió: leer cambia el cerebro. No es solo juntar letras. Quien lee construye conexiones neurológicas y las amplía, desarrolla empatía, aprendemos a pensar mejor y por cuenta propia. Leer, literalmente, nos transforma por dentro.
Me hice una pregunta incómoda: ¿Qué pasa cuando queremos formar lectores en lugares donde el entorno apenas alcanza para sobrevivir? Busqué a Paty, maestra de preescolar en una comunidad semirrural. Me contó una realidad que no aparece en los informes oficiales. En los libros y cursos les piden hacer mucho énfasis en la lectura. La intención es correcta. El problema es que los libros que llegan están pensados para niños que ya leen… cuando en preescolar ni siquiera es obligatorio que sepan hacerlo. Así que Paty adapta. Recorta. Simplifica. Traduce. Hace magia cotidiana. Pero el desafío no termina ahí.
En muchas casas no hay libros. En varias familias no existe el hábito lector. Algunos padres migran a Estados Unidos dejando a las madres solas con los hijos. En otros casos, el hermano mayor termina realizando la tarea del pequeño. Y cada vez es más común que la pantalla eduque más que la familia.
México enfrenta una realidad preocupante en hábitos de lectura y comprensión lectora. Diversos estudios internacionales coinciden en que leemos poco y entendemos menos de lo que creemos. Mientras tanto, nuestros niños —rurales y urbanos— pasan horas frente al celular o la tableta (solicitados muchas veces por la misma escuela). No se trata de satanizar la tecnología, sino de reconocer que ningún algoritmo sustituye la conversación, el cuento leído en voz alta o el ejemplo de un adulto que disfruta un libro.
Paty me habló también del llamado “niño emperador”: pequeños que no toleran un “no”, que no saben perder y que viven frustrados cuando no obtienen lo que quieren. No porque sean malos, sino porque nadie les enseñó límites claros y afectivos. Me dijo algo que me dolió: “A veces siento que algunos papás ven la escuela solo como un trámite para recibir el apoyo”. Ahí está la herida. Entonces la educación no fracasa solo por falta de materiales adecuados. Fracasa cuando el aprendizaje deja de ser prioridad en casa, cuando solo se busca el título no el contenido.
Por eso no podemos exigir comprensión lectora si no hay acompañamiento.
No podemos hablar de pensamiento crítico si no validamos emociones ni enseñamos responsabilidad. No podemos aspirar al desarrollo económico sin fortalecer antes el desarrollo humano. El maestro hace mucho. Pero no puede hacerlo todo.
La política educativa puede mejorar libros y programas. Puede corregir incongruencias. Pero ningún plan de estudios sustituye el ejemplo en casa.
Leer amplía el mundo. Alimenta la imaginación. Fortalece el carácter. Y sí, transforma el cerebro. Es triste escuchar a profesionistas que nunca han leído una novela, que no se han permitido viajar a través de una historia. Leer no es un lujo. Es una herramienta para defenderse en la vida.
No necesitamos grandes bibliotecas. Necesitamos cinco minutos al día.
Un cuento. Una historia. Una conversación. Tal vez no podamos cambiar todo el sistema.
Pero sí podemos cambiar lo que sucede esta noche en nuestra casa.
Empiece hoy. Con lo que tenga. Con quien tenga. Sembrar letras en el desierto no es imposible. Llevemos agua hoy, a su mesa, con los suyos. O ¿Usted qué les va a leer hoy?

