Por Velia María Áurea Hontoria Álvarez
Hay senderos que no se recorren: se enfrentan. Otros se transitan dando tumbos, casi a ciegas. En el andar, aparecen caminos, cubiertos de piedras, algunas lisas, otras filosas; opacas y están las engañosamente brillantes. No están ahí por azar; están para probar el temple o también pueden ser parte del paisaje. Sin embargo, lo sustancial no es la piedra en sí, sino la determinación de quien se atreve a levantarla. Hacerlo puede ser un acto de valentía, de inconsciencia o curiosidad o tal vez, querido lector, un poco de las tres.
En este trayecto abundan los riesgos. Es imperativo reconocer que debajo de ciertas losas habita el peligro: una culebra artera, silenciosa, lista para atacar sin aviso y causar un daño irreparable. Hay otras, delgadas como lajas, que al ser despegadas de la tierra revelan verdades que hieren o decisiones que marcan. Quizá por eso no todo lo oculto merece ser descubierto; mientras el instinto nos susurra que aquello que brilla en exceso debe ser observado, sí, pero a la distancia que otorga la prudencia.
Hay piedras de todas clases, y eso lo sabemos bien quienes ya hemos recorrido un tramo considerable. Existen pequeñas, con forma de caparazón, que guardan consuelo. Esconden ungüentos y vendas para heridas que ni siquiera sabíamos que llevábamos abiertas. Estas no se imponen; se revelan sólo cuando el alma está lista y saltan como rebozos para abrazarnos por entero. Por el contrario, están las más engañosas: las de colores intensos y destellos seductores. Prometen maravillas, pero debajo solo habita el vacío. Son las ilusiones, las distracciones; lo que parece mucho y no es nada. Esas piedras no hieren de inmediato, más desvían el rumbo y, a veces, nos desfiguran la esencia. Hay otras que se lanzan con la intención de dañar y herir, para despojar o las que quieren ocupar un lugar que no les corresponde.
Sin embargo, hay unas pocas —las más simples— que guardan el verdadero milagro. Piedras a veces semihuecas, donde cabe, de pronto, el corazón. Ahí no hay engaño; ahí se aprende, descansas, te transformas. Porque levantar piedras no es solo un acto físico; es una decisión existencial. Es elegir entre la apariencia o la verdad, entre el riesgo estéril o el descubrimiento que acrisola.
Me recuerdo también, dolorosamente, de esas que, desde la consciencia, he soltado a sabiendas de que pueden herir. O de esos momentos en los que, en un letargo de zombi, he observado al desaseado que las deja a mitad del paso y, en lugar de actuar, he volteado el rostro impávida, inexpresiva, para acurrucarme en la comodidad de la manada.
Y aunque no debo mover todas las piedras, confieso mi curiosidad y sorpresa pues algunas -al levantarlas- descubren verdades, mentiras que quizá no necesitaban ser reveladas, más sé que de no hacerlo, yo no sería quien soy, ni tú serías quién eres hoy. Lo mágico de este valle pedregoso es la autonomía: saber que, una vez levantadas, puedo dejarlas, alejarlas o llevarlas conmigo; coleccionarlas, amarlas o simplemente observarlas. Al final, es mi voluntad la que se impone sobre el peso de la roca.
La verdadera interrogante, entonces, no es qué encontraremos bajo la siguiente piedra, sino si estamos dispuestos a cargar con lo que descubramos o si tendremos la entereza de volver a colocarla en su sitio y seguir caminando, fingiendo que nunca la vimos.
¿Cuál es tu piedra favorita? ¿Cuál es esa que deberíamos despejar del camino para que otros no tropiecen? ¿Tienes el valor de moverla o te conformas con el peso? ¿Qué dices?… Te leo.

