//MENSAJE DOMINICAL:// ¿Acaso a Dios no le duele el sufrimiento de tantos en el mundo?

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*III domingo de cuaresma


Pbro. Carlos Sandoval Rangel

El Señor le dijo a Moisés: “He visto la opresión de mi pueblo… he oído sus quejas contra los opresores y conozco bien sus sufrimientos” (Ex. 3, 7). Al escuchar ese mensaje de Dios, nos podemos preguntar: ¿y en este tiempo no puede aplacar a los violentos?, ¿no puede detener la guerra?, ¿no puede sanar el hambre?
Desde luego, a Dios le pesa el dolor de las familias que no encuentran a sus seres queridos, muchos de los cuales han desaparecido en la guerra, en la violencia o en las olas de emigración. A Dios le duele cada persona que es lastimada. A Dios le duele la frialdad e indiferencia de quienes deberían meter orden y no lo hacen.
En concreto, los momentos difíciles, como los que estamos viviendo en México y otros lugares, no son queridos por Dios. En su mayor parte, son complicaciones humanas. Sin embargo, no dejan de ser una oportunidad para pensar en serio lo mucho que necesitamos convertirnos y lo mucho que nos hace falta vivir desde Dios.
A Dios le gusta actuar. Pero sus respuestas no son fórmulas mágicas. Las respuestas de Dios son caminos de vida nueva. Lo que indica que Dios siempre responde, pero quiere que nos involucremos.
Moisés ya había experimentado las injusticias en Egipto y, por tratar de enfrentarlas desde sus propias capacidades, terminó mal, por lo que tuvo que huir al desierto. Pero ahora que Dios se le manifiesta, entiende que el único verdadero libertador es Dios. El Señor le habla desde la zarza ardiendo: “Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob… he descendido para librar a mi pueblo de la opresión” (Ex. 3, 1-10).
El que “ES” y ha estado en la historia de tus antepasados y en la historia de la humanidad es quien te envía porque ha escuchado el lamento de su pueblo. Es el Dios de los patriarcas, que jamás se da por vencido.
Moisés se decidió por Dios y eso significó un rotundo giro no solo para su vida personal, sino también para la vida de todo un pueblo. En nombre de Dios, Moisés fue con contundencia a buscar y a liberar a su pueblo. Así, un día, aquel pueblo logró su libertad y volvió a su tierra.
La experiencia de la presencia de Dios, de la decisión de Moisés y, luego, la dicha de un pueblo libre, nos dejan ver, como ya se mencionaba, que la historia cambia no de modo mágico por una intervención divina o por un líder que está al frente, sino, también, porque un pueblo decide abrir su corazón. Es libre porque cambia su mentalidad y emprende caminos nuevos. La realidad cambia cuando un pueblo aspira, de verdad, a vivir de manera diferente.
Si nosotros pedimos a Dios que intervenga para que se acabe la violencia y el desorden en México y en el mundo, pero no renunciamos a nuestros egoísmos, a nuestra mentalidad consumista, a nuestras irresponsabilidades, a nuestros vicios, etc., entonces, en el fondo, lo que queremos es sólo que Dios intervenga para que yo esté bien, no para que la realidad sea mejor.
Refiriéndose a la liberación del pueblo de Israel, dice san Pablo que unos murieron en el desierto pues “desagradaron a Dios” (1 Cor. 10, 5), se aferraron a su propio entender. Dios buscó a su pueblo para librarlo de la opresión y le mandó a Moisés con mano poderosa, pero ellos no quisieron aprender a vivir libres. Porque, en definitiva, cuando el hombre vive al margen de las cosas de Dios, su corazón se enferma y termina siendo víctima de sus propias costumbres equivocadas.
Dios, hoy, sigue oyendo las súplicas de su pueblo que clama desde el dolor y el miedo, como, por ejemplo, las madres buscadoras. En aquel tiempo envió a Moisés, hoy nos envía a su propio Hijo. Dios se le reveló a Moisés en lo alto del monte, ahora se nos revela en Jesús, desde lo alto de la Cruz, en el Gólgota. Pero, para sacarnos de las opresiones, no bastan ni Moisés ni Jesús. No es coherente que digamos que no queremos violencia y, por otro lado, las familias no cuidan a sus hijos ante el consumo de drogas, alcohol y otras adicciones. No queremos violencia, pero la superficialidad, la indiferencia e individualismo siguen robando terreno.
Dios nos escucha y ve nuestras penas, pero Él también espera que nosotros demos frutos que renueven el mundo. (cfr. Lc. 13, 6-9).

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