*Tercer domingo de cuaresma
Pbro. Carlos Sandoval Rangel
El evangelio de este domingo nos presenta el encuentro de Jesús con la samaritana (cfr. Jn. 4, 5-42). En este acontecimiento, Jesús nos muestra con contundencia que, para romper las diferencias morales, de raza, de sexo, de religión, de cultura, etc., es necesario conocer el “don de Dios”.
En el pozo de Sicar, Jesús le hace una petición a la samaritana: “Dame de beber”. El padre Carrillo Alday hace una observación: en el evangelio de San Juan, “las revelaciones más altas tienen frecuentemente como punto de partida hechos sencillos y naturales”. El “no tienen vino”, de Caná de Galilea, será la puerta para el vino de la nueva alianza; el “dónde compramos pan para todos”, da pie a la multiplicación de los panes y a la revelación de Jesús como el pan vivo bajado del cielo; la resurrección de su amigo Lázaro es donde se revela como la resurrección y la vida; y, ahora, el “dame de beber” que nos abre al misterio de Cristo agua viva, don de Dios.
A la petición de Jesús, la samaritana se sorprende: “¿cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” Los judíos no podían, ni siquiera, usar los utensilios de los samaritanos. Hay un odio histórico. Tienen una separación de raza, cultura, culto y, además, ella es mujer.
La respuesta de Jesús, de inmediato, busca llevar a la mujer a otra dimensión que elimina las diferencias: “si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva”. Son dos condiciones que escapan a la visión de aquella mujer y que, muy frecuentemente, se nos escapan al común de los mortales: “el don de Dios” y “quién es el que habla”.
El don de Dios es “agua viva”. Es decir, se trata del agua que brota del manantial. No es cualquier arroyo o tubería, ni, mucho menos, cualquier charco. Además, esa agua viva de la que habla Jesús, tiene mucho más: no sólo es agua de la fuente, sino que quien la bebe nunca más tendrá sed y, “se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar la vida eterna”.
A partir de ahí, el diálogo entre Jesús y aquella mujer alcanza otro nivel. Se abre el corazón de la samaritana y Jesús, el agua viva, el manantial de vida eterna, provoca una transformación interior en aquella mujer. Se introduce una nueva manera de relación con Dios, que no está condicionada a un lugar específico. Es decir, Cristo le deja en claro que él es el nuevo lugar del encuentro entre Dios y el hombre. En Él se da el encuentro entre la sed de Dios y la sed del hombre (San Agustín). Dios tiene sed de que nosotros nos dejemos amar por Él, pero es fundamental que nosotros experimentemos la sed de su amor (cfr. Cat. I. C. 2560). Ahora, es en espíritu y en verdad.
Además, el diálogo de Jesús con la samaritana evidencia algo poco considerado: la oración no es solo pedir o dar gracias desde lo que nosotros consideramos, debe ser, ante todo, una oportunidad para que Dios nos ayude a descubrir cuáles son nuestras verdaderas necesidades, como sucedió con la samaritana al abrir su corazón. Ella inicialmente suplicó recibir aquella agua para no tener que volver a sacar agua del pozo, pero Jesús le fue ayudando a descubrir que sus necesidades eran más profundas. Y fue, de ese modo, como la samaritana probó la dicha del agua viva. Probó la dicha de la gracia y del amor de Dios.
Señor, tú eres el sediento y el hambriento del camino, pero ayúdanos a sentir sed y hambre de ti, porque tú eres el agua y el pan que dan vida y satisfacen nuestras verdaderas necesidades. Señor, con tus fatigas, danos la fuerza para el camino.

