//MENSAJE DOMINICAl:// El día del Señor

*XXXIII domingo del tiempo ordinario


Pbro. Carlos Sandoval Rangel

Estamos cerrando año litúrgico. Durante él hemos celebrado los misterios más importantes de nuestra salvación. Las lecturas de este domingo se desarrollan bajo un contexto común, tienen un tono escatológico, tienen presente la parusía, los tiempos finales, la venida del Señor. El profeta Malaquías lo hace anunciando: “Ya viene el día del Señor”. En general, el día del Señor se puede ver como la intervención o las intervenciones de Dios en la historia, de las cuales hay muchas.
Los cristianos ya sabemos que la intervención fundamental de Dios en la historia es Cristo, el cual marca la plenitud de los tiempos (Gal. 4,4) y en espera ahora de la consumación final, cuando Él regrese lleno de gloria.
En ese sentido, la palabra de Dios, especialmente la segunda lectura y el evangelio, nos ayudan a pensar en el cómo, más que en el cuándo sucederá. Jesús se encuentra en Jerusalén, su muerte está cercana, pero Él no deja de hablar con contundencia, tratando de abrir la mente del pueblo hacia los principios de la verdadera fe. En el campo religioso, la vida del pueblo de Israel gira en torno al templo de Jerusalén, que está por concluir su reconstrucción, ante lo cual algunos ponderan la solidez de la obra y la belleza de las ofrendas que lo adornan (Lc. 21, 5). Más, al ver que absolutizan el valor del templo, como si eso bastara para garantizar la pureza de fe, Jesús les anuncia: “Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido” (Lc. 21, 6). Y, efectivamente, en el año 70 d. C., el templo fue destruido.
Se trata de la intervención contundente de Dios e inicio de la nueva era: el templo de Jerusalén ya no será el centro de la fe. Jesús ya le había dicho a la samaritana: “Créeme, mujer, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre… llega la hora, y ya es está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad. Porque así son los adoradores que el Padre busca” (Jn. 4, 21-23).
Lo más importante no será el templo de piedra, sino cada creyente que se constituye en piedra viva. En adelante, los templos construidos de piedra seguirán siendo un signo de la fe, pero, su valor religioso ahora les viene por ser el lugar del encuentro entre Dios y los verdaderos creyentes. En adelante, el templo más sagrado será el corazón de cada creyente. Esta nueva era de la fe y de la salvación queda inaugurada con la muerte y resurrección de Cristo, pues con su muerte redime todo lo que era caduco y con su resurrección da inicio a la vida nueva.
Cómo vivir esta nueva era, en espera de la consumación final: “Cuídense de que nadie los engañe, porque muchos vendrán usurpando mi nombre y dirán: Yo soy el Mesías, el tiempo ha llegado. Pero no les hagan caso. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, que no los domine el pánico, porque eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin”. Lo más importante: “Si se mantienen firmes, conseguirán la vida”.
Desde el inicio de la Iglesia, muchos pensaban que la consumación final de los tiempos era algo inminente, que llegaría de un rato a otro, que incluso algunos decían que ya no era necesario ni siquiera trabajar. De ahí la molestia y las reprensiones de San Pablo: “El que no quiera trabajar que no coma… ahora vengo a saber que algunos de ustedes viven como holgazanes, sin hacer nada, y además, entrometiéndose en todo. Les suplicamos a esos tales y les ordenamos, de parte del Señor Jesús, que se pongan a trabajar en paz para ganarse con sus propias manos la comida” (2 Tes. 3, 10-11).
La fe nos anima a estar vigilantes y a ser conscientes de que vendrá la consumación final, pero eso no nos debe mover al miedo, sino un motivo para vivir con mejor sentido, también, en las cosas terrenales. Como dice el Concilio Vaticano II: “Las victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios… Con su acción no sólo transforma las cosas y la sociedad, sino que se perfecciona a sí mismo” y actuando con responsabilidad facilita su salvación (G. S. nn 34 y 35). Pero, además, el buen entendimiento del mensaje de Jesús, evita el fanatismo religioso que hace huir del mundo, como si la fe dispensara de las responsabilidades terrenas, como lo reprocha san Pablo.
En definitiva, para llegar al Cielo se necesita tener los pies bien puestos en la tierra y para vivir bien en la tierra se necesita vivir bajo un proyecto que apunte hacia el Cielo.

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