//MENSAJE DOMINICAL:// El que cree en mí no morirá para siempre

*V domingo de Cuaresma


Pbro. Carlos Sandoval Rangel

Ante los signos de la muerte, que se asoman con intensidad y de modo variado, hoy la palabra de Dios nos ofrece una certeza: Dios tiene una respuesta de vida para cada manifestación de la muerte.

En la primera lectura, el profeta Ezequiel le habla al pueblo que vive bajo el desaliento, la desesperanza, la tristeza. Israel se encuentra en el destierro y el desánimo se ha apoderado del corazón de sus hijos, la esperanza no les acompaña. Pero el Señor manda al profeta a decirles: “Yo mismo abriré vuestros sepulcros, los haré salir de ellos y los conduciré de nuevo a la tierra de Israel” (Ez. 37, 12-14).

Como dato de la historia reciente, el siglo pasado, lo que precedió a la primera guerra mundial fue, precisamente, un ambiente de desencanto y pesimismo social. Un corazón atrapado por la tristeza, el desánimo y el sinsentido de la vida, tiene como destino la muerte. Pero, el corazón que se abre a Dios, descubre que Él tiene el poder de vivificar. A la hora de la prueba, cuáles son los corazones más confundidos: los que más lejos se encuentran de Dios.

El salmo pone de relieve otro aspecto de la muerte: el pecado. Éste desconfigura el interior de la persona y se convierte en la causa de muchos otros signos de muerte. No podemos entender la indiferencia, la soberbia, la exclusión, la discriminación, la violencia, el deterioro del medio ambiente y tantas otras situaciones sino como expresión del corazón humano enfermo. Este mismo signo de muerte profundo que es el pecado, san Pablo lo señala como vivir de forma desordenada y egoísta (Rom. 8,8-11). Ahora, el antídoto contra el pecado es la humildad, la cual permite al corazón clamar a Dios: “Desde el abismo de mis pecados clamo a ti; Señor, escucha mi clamor, que estén tus oídos atentos a mi voz suplicante. Si conservaras el recuerdo de las culpas, ¿quién habría, Señor, que se salvara? Pero de ti procede el perdón, por eso con amor te veneramos” (Ps. 129).

Desde luego, la súplica a Dios implica la decisión de un corazón dispuesto a dejarse renovar por Él. Es disponernos a vivir como señala san Pablo, conforme al Espíritu: “… puesto que el Espíritu de Dios habita verdaderamente en ustedes”. Vivir bajo el desorden de los apetitos, no concuerda con el Espíritu que habita en nosotros por el hecho de ser hijos de Dios.

El evangelio, por su parte, con la resurrección de Lázaro, nos resume todo lo anterior, pues, al subrayar que Dios es el dueño de la vida temporal y la eterna, nos hace caer en la cuenta de que Dios, en sí mismo, es vida.

La resurrección de Lázaro fue volver a plenificar la vida temporal en toda su expresión: su ser recobra la vida temporal, la familia olvida la tristeza y retoma el regocijo, se restablecen las relaciones perdidas, se reafirma la confianza en Dios, etc. Sin embargo, lo más grande de este milagro es que nos ratifica que Cristo está con nosotros como garantía de vida eterna: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”. Así, este milagro entroniza a Cristo como el Señor de la vida, abriéndonos a la esperanza más trascendental: la esperanza de la eternidad.

La resurrección de Lázaro, significó revivificar su cuerpo, pero, lo más importante, fue que Lázaro y los suyos también fueron renovados en su corazón. “La historia de Lázaro ha sido escrita para decirnos esto: que hay una resurrección del cuerpo y hay una resurrección del corazón; si la resurrección del cuerpo va a tener lugar en el último día, la del corazón tiene lugar o puede tenerla cada día: hoy mismo” (P. R. Cantalamessa, Echad la redes, ciclo A, p. 109). De ahí que, la fe nos capacita para encontrarnos con la vida en el día a día.

Hoy, démosle a Cristo la oportunidad de acompañarnos y de renovarnos en nuestro pensar y, sobre todo, en la manera de entender y ejercer nuestra existencia. Démosle la oportunidad de que reanime nuestro corazón con la certeza de que Él es la Vida que da sentido a la nuestra, a pesar de las vicisitudes del tiempo presente.

No basta aspirar a que mañana se acaben los signos de violencia que lastiman a tantos pueblos en el mundo, sino, también, es necesario que el ser humano sea totalmente renovado. Dios, de modo emergente, nos llama a la solidaridad, a la responsabilidad, a la humildad, a la trascendencia y a la amistad social, pues es así como se diseña el camino de la vida.

De qué nos serviría un cuerpo libre de enfermedades y amenazas si el corazón siguiera enfermo.

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