//MENSAJE DOMINICAL:// Jesús nos marca el camino de la Cruz

*Domingo de Ramos


Pbro. Carlos Sandoval Rangel

La narración de la pasión de Nuestro Señor Jesucristo nos pone al descubierto las palabras, las actitudes, los gestos, los sentimientos, las decisiones y acciones más aberrantes de las que el hombre es capaz, al grado de condenar a muerte al más inocente. Se entrecruzan la soberbia, la ignorancia y la tibieza. La soberbia de las autoridades religiosas, que caen en la tentación de desfigurar el sentido de Dios. La ignorancia del pueblo, que siempre será motivo de fanatismos. Y, desde luego, la tibieza, como la de Pilatos, quien tenía en sus manos la posibilidad de que las cosas fueran diferentes, pero su falta de valentía fue, también, la causa para que el inocente fuera condenado. Se trata de realidades que se repiten una y otra vez.

Pero nada de esas limitantes humanas obstruye el proyecto de Dios. con firmeza, Jesús, asumió el camino de la Cruz. La lectura de la pasión muestra el atrevimiento humano, pero también el atrevimiento divino. De todo el proceso de la pasión de Jesús, es bueno resaltar, en especial, tres momentos:

1. Jesús en el huerto de los olivos: “Padre si es posible que pase de mi este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. La voluntad del Padre es que encontremos de modo definitivo el perdón. Pero el pecado se sigue cometiendo, por eso, señalaba Pascal: “Cristo está en agonía en el huerto de los olivos hasta el fin del mundo”. Desde ahí sigue decidiendo perdonarnos todos los días; sigue acompañando a todo el que sufre, al que enfrenta la tristeza, los dolores y cualquier tipo de pena.

2. Jesús está ante Pilatos, quien lo presenta al pueblo diciendo: “Ecce homo”, he aquí al hombre. Aquí está el sentenciado. Pilatos, es el signo de la prepotencia humana, que cree estar por encima de Dios. Pero, desde el mismo lugar de la condena, Jesús piensa en todos los sentenciados de ayer, de hoy y de siempre. Culpables o no culpables, qué duro es enfrentar la sentencia humana. Dijo el Papa Francisco a los reos en el penal de Ciudad Juárez: “Cuando entro en uno de estos lugares me pregunto ¿por qué ellos y no yo? Unos no estamos aquí por la misericordia de Dios”. El mismo Jesús diría: Cuanto hacen a uno de estos hermanos míos, a mí mismo me lo hacen (Mc. 25, 40).

3. Jesús, clavado y muerto en la Cruz. El proceso de humillación llega a su culmen en la Cruz, donde queda expuesto a la burla de todos. Los corazones marcados por el pecado creen haber vencido a Dios. En el huerto experimentó el abandono de los suyos, ahora pareciera que experimenta el abandono del Padre, por eso exclama: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado? Pero Cristo, en definitiva, acepta la Cruz como signo de obediencia al Padre. Ahí, en lo alto instala el trono del amor divino, ese amor que sana y abraza a todos.

Todo lo que Cristo vive, San Pablo lo resume con un himno: “Siendo Dios, no consideró que debía aferrarse a las prerrogativas de su condición divina, sino que, por el contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo y se hizo semejante a los hombres. Así, hecho uno de ellos, se humilló a sí mismo y por obediencia aceptó incluso la muerte, y una muerte de Cruz” (Filipenses, 2, 6- 8).

La Cruz no fue una derrota, sino la oportunidad para manifestar la plenitud de la gloria de Dios. Por eso señala San Pablo: “Dios lo exaltó sobre todas las cosas y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre, para que, al nombre de Jesús, todos doblen la rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos y todos reconozcan públicamente que Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre”(Filipenses, 2, 9-11).

El misterio de la vida, pasión, muerte y resurrección de Cristo apunta a un fin, señalado por el mismo Jesús: “Esta es mi sangre derramada por todos, para el perdón de los pecados” (Mt. 26,28). En él encontramos la libertad y la esperanza más alta.

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