*Segundo domingo de cuaresma
Pbro. Carlos Sandoval Rangel
Hace ocho días el evangelio nos presentó a Jesús en un monte, y ahí nos dio las claves para vencer las tentaciones: ayuno y oración. Ahora regresa a otro monte, al tabor, para dar a los apóstoles una probadita de la gloria divina. Con esto, les hace ver que este es el objetivo más alto de la fe: introducirnos en los horizontes divinos, los que nos llevan hacia la gloria de Dios. Sin fe, los horizontes humanos serán siempre terrenales, temporales y, por tanto, caducos. A través de la fe, abrimos para nuestra vida una esperanza que lo trasciende todo.
En el libro del génesis encontramos la experiencia de Abraham. Un hombre que vive bien, tiene sus creencias, una familia establecida, económicamente está acomodado, en resumen: podemos decir que, desde las perspectivas terrenas, era un hombre con la vida resuelta. Pero siente el llamado de Dios: “Deja tu país, a tu parentela y la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo te mostraré”. ¿Bajo qué promesa lo deja todo? “En ti serán bendecidos todos los pueblos de la tierra”. Abraham creyó. Su fe le hizo vencer la tentación de una estabilidad temporal para ir en busca de una bendición celestial. Eso es entrar en los horizontes de Dios. Es entrar en los caminos de la fe, que sobrepasan los intereses temporales, para poder llegar a lo más alto. Lo terreno nos ata a lo inmediato, la fe nos hace entrar en la dinámica de lo que trasciende.
El evangelio de hoy es la continuidad del anuncio que Jesús había hecho a los apóstoles sobre el tema de su muerte. Les había dicho que iba a morir, pero que al tercer día iba a resucitar (cfr. Mt. 16, 21), a lo cual Pedro le dice: “Dios te libre, Señor. De ningún modo te ocurrirá eso” (Mt. 16,22); mostrando, así, la resistencia humana, lo difícil que es entrar en los caminos de Dios.
En realidad, qué ingrata y pobre se vuelve la vida cuando queremos que la fe sea una respuesta sólo a las pretensiones humanas. Por eso, hoy Cristo rompe de tajo con esta debilidad que empezaba a apoderarse de la mente de los apóstoles. Toma consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, “y los hizo subir a solas con Él a un monte elevado. Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. Dice San Beda que “en una piadosa permisión, les permitió gozar durante un tiempo muy corto la contemplación de la felicidad que dura para siempre, para hacerles sobrellevar con mayor fortaleza la adversidad” (Comentario sobre San Marcos, 8, 30).
Esa probadita de la gloria les hizo ver en un instante que el camino de la Cruz no se puede valorar sólo desde el alcance humano, pues así resulta algo ingrato e injusto; pero el camino de la Cruz, a la luz de Cristo, es sabiduría. Para entenderlo, basta que atendamos cada palabra de Jesús en la Cruz. Cada una es sabiduría viva que restaura, levanta y conduce a la gloria. Por eso, Cristo salió victorioso.
La trasfiguración fue una probadita de esa gloria definitiva, que permitió que los apóstoles dieran el paso de las visiones meramente humanas, para entrar en los horizontes de Dios.
Cuando el ser humano, no se coloca desde la fe por encima de los horizontes humanos, entonces se aferra, como dice Benedicto XVI, en prologar su vida aquí en la tierra, y quisiera que Dios le ayudara precisamente a eso; y el tema de la gloria más alta, viene quedando a veces como última alternativa, pues lo que más queremos es la vida presente y que sea sin penas, ni dolores (cfr. Benedicto XVI, Salvados en la esperanza, n. 10).
Pero, sólo el amor divino, mostrado por Jesús en la Cruz, nos permitirá sortear las adversidades del mundo y hacer un proyecto de vida abierto a la esperanza más alta. Aprovechemos esta cuaresma y, en particular, el viernes Santo próximo; meditemos y hagamos nuestra la sabiduría de la Cruz. Es muy contundente en cada estación del viacrucis y en cada palabra pronunciada por Cristo desde lo alto de la Cruz. Ahí está el secreto de la verdadera gloria, la que no se acaba.

