
//MENSAJE DOMINICAL:// La Cruz, fuente de la dicha humana
*II domingo de cuaresma
Pbro. Carlos Sandoval Rangel
“Jesús se hizo acompañar de Pedro, Santiago y Juan, y subió a un monte para hacer oración. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes” (Lc. 9, 28ss).
El domingo pasado, la Palabra de Dios nos regaló la imagen del desierto. Jesús fue conducido por el Espíritu Santo allí, donde pasó cuarenta días en oración y ayuno. El desierto, entre otras cosas, facilita entender lo que es verdaderamente esencial, empezando por la necesidad de Dios. Y este domingo aparece otra imagen, la del monte.
Por tradición, el monte, en la mayoría de las religiones, es considerado como el punto en que el cielo toca a la tierra; de hecho, cada región del mundo tiene una montaña santa, pues es el lugar donde habitan los dioses. La tradición bíblica conserva esta visión, solo que la purifica, pues la montaña es también una creatura; esto sin que deje de ser un lugar privilegiado para el encuentro con Dios. En lo alto del monte Sinaí, Dios se le reveló a Moisés y le entregó las tablas de la ley (Ex. 24, 12-18). Los profetas, en general, siempre tuvieron la cima de la montaña como lugar predilecto para orar, por ejemplo, Moisés (Ex. 17, 9ss), Elías y Eliseo (1 Re 18, 42).
La virgen se reveló a los mexicanos en el monte del Tepeyac y tenemos en el cubilete la imagen de Cristo, donde lo proclamamos como nuestro Rey. En Brasil se encuentra el Cristo del Corcovado e, igual, en otras partes del mundo, se consagra simbólicamente la cumbre de un monte como lugar sagrado.
Pues Jesús, fiel a esa tradición y significado, también vio la montaña como un lugar especial, a ella sube a orar (Mt. 14, 23; Lc. 6, 12), ahí vence a Satanás, quien le ofrece los reinos de la tierra si se postra y lo adora (Mt. 4, 8). En la montaña, enseña las bienaventuranzas y, también, en una montaña citó a los apóstoles para enviarlos por todo el mundo a bautizar y a predicar el evangelio (Mt. 28,16). Pero la montaña, en el evangelio de San Lucas, representa especialmente el lugar donde Cristo manifiesta la gloria divina, así sucede en la transfiguración (Lc. 8, 28-36) y así lo anuncia en su subida a Jerusalén, donde, en el Gólgota, subirá a lo alto de la Cruz.
Pues, Jesús, hoy, sube al monte con tres de los apóstoles. Ahí aparece conversando con Moisés y Elías sobre la muerte que le espera en Jerusalén (cfr. Lc. 9, 28ss). Moisés y Elías eran figuras de la ley y los profetas. Así, al conversar con ellos, Jesús deja en claro que su muerte no es un accidente circunstancial, sino algo ya anunciado en el Antiguo Testamento. De ese modo, Jesús pone en claro que la gloria que les manifiesta en la trasfiguración se enlaza plenamente con el hecho de la muerte en Cruz. No hay gloria sin cruz.
Jesús sabe que tiene que morir y que ha de ser precisamente en una Cruz, pues ésta representa el lugar del más pecador, al cual quiere llegar para rescatarlo. De ahí que, con clara intención, san Lucas presenta la Cruz en el Gólgota como momento de la Gloria de Dios, pues, desde ella, hace resurgir al hombre, desde ahí resurge la vida nueva. Cristo llega a lo que era signo de máxima desgracia, para ahora abrirnos a los signos de la esperanza que no se acaba.
Por tanto, si la cuaresma es entrar en el desierto para reafirmar qué es lo verdaderamente esencial, también es subir al monte para que Dios nos manifieste su gloria. Jesús nos invita a subir al monte, ya que es la oportunidad para orar con Él, es espacio para lo sagrado y ahí podemos contemplar su Cruz, nuestra gloria.
La gloria de Dios, como decía San Ireneo, es, precisamente, que el hombre viva, y el hombre no viviría si Cristo no hubiera cancelado en la Cruz nuestros pecados. No tengamos miedo de tomar la Cruz, que es obediencia a las verdades que nos dan la vida verdadera y que es fuente del amor que une profundamente a las personas entre sí y con Dios. Esa Cruz es el camino de la gloria y por tanto de la felicidad verdadera y eterna.