*IV domingo de Cuaresma
Pbro. Carlos Sandoval Rangel
Hoy el evangelio nos presenta a Jesús que cura a un ciego de nacimiento. Y, mientras sus discípulos y los fariseos quieren ver, en todo, los signos del pecado, a Jesús, por su parte, lo que más le importa es que descubramos la gloria de Dios. Al ver al ciego de nacimiento le preguntan sus discípulos: “Maestro, ¿quién pecó para que este naciera ciego, él o sus padres?”. Los fariseos, al encontrar al ciego ya curado, le dicen: “tú eres puro pecado desde que naciste”. Pero, Jesús viene para cambiar la mentalidad y para enseñarnos a ver la realidad desde otra mirada.
Decía san Ireneo que la “la gloria de Dios es que el hombre viviente: y la vida del hombre es la visión de Dios”. Si vivimos, no es por lo que hacemos, sino porque entramos en ese sueño de Dios, que nos hace vivir. Pero no basta vivir a nivel de una subsistencia, sin ver más allá de la materialidad, sino vivir con sentido y con horizontes de trascendencia.
El iluminismo, que marcó mucho la época moderna, subrayaba que lo que no se demuestra, lo que no se percibe por los sentidos, no existe o carece de valor. Por lo que los objetivos del ser humano los marcaba la luz de la razón enfocada a lo demostrable. La posmodernidad, por su parte, se enfocó en un proyecto de humanidad que idealizaba la imagen del superhombre, que domina, que impone, por lo que tomaron auge los sistemas totalitarios y las luchas de poder. En ambos casos, sin desconocer sus aportaciones, vaciaron al ser humano de un sentido de interioridad, de trascendencia y de valores que cobijan y humanizan la vida del ser humano. En el fondo, vaciaron al hombre del sentido de lo sagrado y de Dios.
Pero, qué difícil se vuelve la vida cuando no se ve desde Dios. De eso es, precisamente, de lo que siempre nos ha venido a librar Jesús. Así queda patentado no sólo en el evangelio, sino en las otras lecturas de este domingo. Le dice el Señor a Samuel: “yo no juzgo como juzga el hombre”. San Pablo exhorta a los efesios: “vivan, por tanto, como hijos de la luz. Los frutos de la luz son la bondad, la justicia y la verdad”.
La riqueza del milagro de la curación del ciego queda expuesta en el diálogo entre los protagonistas: Jesús, el ciego, los papás y los fariseos. Se evidencia que la dicha de ver no es una cuestión solamente física, sino que va mucho más allá, es atrevernos a ver desde la mirada de Dios, es decir, ver desde la fe.
Cuando no vemos desde la fe, los juicios sobre el mundo, sobre el hombre y sobre el mismo Dios siempre serán limitados, pues solo alcanzan para lo inmediato. En cambio, ver desde la fe significa encontrar algo más allá. De ahí, las palabras del Señor a Samuel: “Yo no juzgo como juzga el hombre. El hombre se fija en las apariencias, pero el Señor se fija en los corazones”.
Jesús cura al ciego y los efectos fueron grandes: el ciego y muchos más vieron más allá, muchos abrieron los ojos de la fe. El milagro les permitió entrar al mundo de la interioridad, del amor y de la fe en la presencia divina, mostrada en Jesús. De hecho, el objetivo final queda expresado en las palabras del muchacho que fue curado: “Creo, Señor. Y postrándose, lo adoró”.
Por desgracia, a veces el corazón se cierra en sí mismos y se obstina en no querer reconocer lo que es totalmente evidente, como sucedió con los fariseos. El pecado de los fariseos y de tantos más en el mundo, escribe San José María Escrivá, “no consiste en no ver en Cristo a Dios… sino en no tolerar que Jesús, que es la luz, les abra los ojos” (Es Cristo que pasa, n. 71). Por su ceguera, no solo reprueban a Jesús, sino que juzgan mal y excluyen a quien Dios mismo ha amado con especial distinción. Por eso, le dicen al ciego: “Tú eres puro pecado desde que naciste”.
Nos quedan dos opciones: o definitivamente le permitimos, a Jesús, que nos abra al entendimiento de la fe, para conocer a Dios tal cual es o, simplemente, seguimos empeñados en encerrar a Dios en nuestras pequeñas fórmulas y nos engañamos pensando que la medida de Dios debe ser de acuerdo a nuestro pobre modo de ver las cosas. Por eso, dice Jesús: he venido para que se definan los campos.
Que el Señor nos conceda la fe sencilla del ciego de nacimiento quien, como dice San Agustín: “Lavada finalmente la faz del corazón y purificada la conciencia, reconoce a Jesús, no sólo como hijo de hombre, sino Hijo de Dios” (Comentario al Evangelio de San Juan, 44, 15).

