//MENSAJE DOMINICAL:// Para la vida plena, sólo hay un camino

*IV domingo del tiempo ordinario


Pbro. Carlos Sandoval Rangel

“Busquen al Señor, ustedes los humildes de la tierra” (Sof. 2, 3). Lo que nos dice el profeta Sofonías es algo esencial para la vida, pues mientras los soberbios construyen dioses a su modo, los humildes viven del verdadero Dios.
En realidad, nada como el camino de la humildad. No solo facilita el andar de este mundo, sino que también nos garantiza el acceso a los más alto. Ya decía San Juan Crisóstomo: “así como todos los vicios conducen al infierno, especialmente la soberbia, así todas las virtudes conducen al cielo, especialmente la humidad” (Hom sobre san Mateo, 15).
La soberbia nos lleva a apoyar demasiado nuestra vida en los logros, las satisfacciones y capacidades humanas, pero tales logros son caducos. En cambio, la humildad nos facilita el acceso hacia la verdad y hacia el amor, que vienen de Dios y llenan lo más profundo de nuestro ser.
Bajo esa misma mística de la humildad, hoy Jesús, desde la montaña, nos presenta las bienaventuranzas, como clave de vida: “Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los que lloran, porque serán consolados. Dichosos los sufridos…, los que tienen hambre…, los misericordiosos…, los limpios de corazón…, los que trabajan por la paz…, los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos…, alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos” (Mt. 5, 2-12).
La motivación más importante que Jesús nos presenta es el Reino de los cielos o el Reino de Dios, que no es un lugar, sino un modo de vida donde Dios está, mueve, inspira y sostiene. Desde la clave del reino, cuando hay bienes, estos servirán para un verdadero desarrollo de las personas (cfr. san Juan Pablo II). En cambio, sin Dios, los proyectos materiales despiertan codicia, desorden, rivalidades, fraudes, abusos y a lo más que nos llevan es a acumular cosas.
Que el evangelio se refiera a beatos, felices, afortunados o dichosos, señalaba el cardenal Martini, desde el Antiguo Testamento indica un valor ético o religioso de una determinada situación o actitud. De ahí que Jesús subraye el valor de unas situaciones humanas, que parecieran ruina y desgracia, pero que, con la presencia de Dios, a pesar de las contrariedades, el ser humano no pierde de vista lo que es verdaderamente esencial.
Mientras el ser humano a veces cree y añora tener por sí mismo el mundo en sus manos, sea por medio de su inteligencia, su poder, su dinero, su fama o sus astucias, Dios, por su parte, tiene la capacidad de rebatir esos criterios, al grado que Él elige a los ignorantes ante los ojos del mundo, para confundir a los que creen saberlo todo. Elige a los débiles para derrocar a los poderosos que creen hacer y deshacer a su antojo; elige la sonrisa y suavidad del niño para moderar la ira del altanero.
Cristo no sólo proclamó las bienaventuranzas, sino que quiso personificar el camino de la humildad, de la sencillez, en modo radical. Humildemente, cargó con el pecado de todos y lo llevó hasta la Cruz para redimirlo. Pero no se quedó en eso, pues luego resucita para mostrarnos que el camino de la humildad no tiene como destino último el fracaso, sino la gloria de Dios, la victoria definitiva. El que se gloría a partir de logros terrenales, un día se verá privado de todo, pues la vida aquí no es eterna. De ahí, el anuncio final de las bienaventuranzas: “alégrense y salten de contento, porque su premio será grande”. El catecismo de la Iglesia nos señala: “Las bienaventuranzas expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de la Pasión y Resurrección de Cristo; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana” (1718). “Dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad” (1718).
Dios infundió en cada ser humano el deseo de felicidad, pero a veces queremos responder a tal deseo con respuestas cortas y circunstanciales, que nos hacen empeñarnos desordenadamente en pretensiones temporales, inmediatas y a corto plazo. Pero, un plan de vida en este nivel no garantiza la verdadera felicidad; al contrario, nos lleva continuamente al riesgo de traicionarnos y traicionar los planes de bien que Dios tiene para nosotros.
Por eso, las bienaventuranzas, como criterio, como actitud, como estrategia de vida, nos previenen para no equivocar el camino. ¡Qué mejor camino podemos recorrer que aquel que ya Cristo recorrió!; ¡para qué arriesgar si en Él tenemos toda garantía!
El humilde se acoge a la bondad de Dios y Dios siempre cuida de sus pasos.

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