//MENSAJE DOMINICAL:// Pongo ante ti la muerte y la vida

*VI domingo del tiempo ordinario

Pbro. Carlos Sandoval Rangel

“Si tú quieres, puedes guardar los mandamientos; permanecer fiel a ellos es cosa tuya. El Señor ha puesto delante de ti fuego y agua; extiende la mano a lo que quieras. Delante del hombre están la muerte y la vida; le será dado lo que él escoja” (Sir. 15, 15-17).

Dicen los clásicos que, gracias a la libertad, cada persona va definiendo su propia vida. La libertad es el más bello distintivo con que Dios crea a los seres racionales. De ahí que, aunque los mandamientos de Dios son como gotas de sabiduría que nos permiten vivir bien, Él no nos los impone: si tú quieres puedes guardarlos.

Desde el antiguo testamento, Dios plasmó en los diez mandamientos el mejor compendio de sabiduría que podía haber. Con ellos orientamos la sana relación con Él, con las personas y con todas las cosas. Fuera de los mandamientos, cómo se complica la vida.

Sin la sabiduría divina, lo primero que se pierde es el sentido sagrado de la vida y, en consecuencia, no hay profundidad, ni sentido de trascendencia. Las consecuencias son obvias, el corazón se aferra a querer eternizar lo que sólo es temporal y a querer minimizar lo que sí es eterno. Sin duda, aquí radica la enorme pobreza del tiempo actual, con todas sus consecuencias.

El deseo de Dios de que el hombre viva es tan grande que por eso envió a su propio Hijo, para mostrarnos la plenitud de la sabiduría divina: “No crean que he venido a abolir la enseñanza de la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud” (Mt. 15, 17).

La propuesta de Cristo, para ayudarnos a entrar en el camino de la plenitud, es muy concreta: “Les aseguro que, si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos”. Es decir, llega el momento de entrarle en serio.

¿Por qué nuestra justicia debe ser mayor que la de los escribas y fariseos? Porque ellos sabían muy bien los mandamientos y los podían explicar de modo extraordinario, pero no los asumían como una tarea para la vida, no construían a partir de ellos un modo de vida que enalteciera el nombre de Dios y la dignidad humana.

La sabiduría de Dios, expresada en los mandamientos y llevada a plenitud en Jesús, no es una cuestión especulativa que se pueda aprender en conceptos, sino un modo de vida que aprecia lo sagrado de cada persona, pues ahí está Dios. La sabiduría de Dios nos permite amar, admirar y contemplar la grandeza de la vida y de cada persona, lo cual se opone a que usemos a las personas, las discriminemos o despreciemos.

Dios da a la persona un valor sagrado, por lo que a ésta no se le puede mostrar enojo o desprecio, por eso las sentencias de Jesús: “Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No matarás… pero ahora yo les digo: Todo el que se enoje con su hermano será llevado también ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie, será llevado al fuego del castigo”.

“Antes se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo les digo que quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón”. Sagrado es el varón como sagrada es la mujer, por lo cual ninguno puede ser visto como objeto sexual. La sexualidad tiene un significado muy alto, en cuanto está unida a otros valores como la dignidad misma de la persona, al amor y a tantas tareas fundamentales. Cuando la sexualidad se aísla de los demás valores, del cuadro que la dignifica, entonces el cuerpo se convierte en un objeto. No olvidemos: el cuerpo es ventana y expresión de una sabiduría y de unos fines humanos que rebasan en mucho los solos alcances sensibles.

Esa plenitud de la sabiduría, mostrada en Jesús, es el camino de vida que el hombre necesita, sin la cual seguirá sucumbiendo en las estructuras y situaciones de muerte.

¡Señor, permítenos elegirte a ti que eres la Vida y la fuente de la vida!

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