//MENSAJE DOMINICAL:// Sal y luz para el mundo

*V domingo del tiempo ordinario

Pbro. Carlos Sandoval Rangel

Jesús sigue enseñando en la montaña. En las bienaventuranzas nos hizo saber el espíritu propio del evangelio. Ahora, nos pone en claro la tarea propia del creyente: “Ustedes son la sal de la tierra… son la luz del mundo” (Mt. 5, 13 ss).
Como es obvio, nos podemos preguntar: ¿y cómo ser sal?, ¿cómo ser luz del mundo? El modo lo ha marcado Cristo en el Evangelio, que tiene como esencia el amor, la caridad. Es el camino que, siglos antes, el profeta Isaías ya había proclamado: “Si alejas de ti toda opresión, si dejas de acusar con el dedo y de levantar calumnias, si repartes tu pan al hambriento y satisfaces al desfallecido, entonces surgirá tu luz en las tinieblas y tu oscuridad se volverá mediodía” (Is. 58, 9-10). El pueblo pensaba que para vivir la fe y contar con la benevolencia divina bastaba con ofrecer sacrificios y hacer ayunos, pero el profeta les hace saber que se necesitan las obras de amor.
Cómo han insistido los últimos pontífices en este modo de leer y vivir el evangelio. Decía el Papa Francisco: “la credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo” (El rostro de la misericordia, 10). A lo que podemos agregar: no sólo de la Iglesia, como institución, sino la credibilidad de todo cristiano, pues, subraya el mismo Papa Francisco, la caridad se convierte en el criterio para saber quiénes son realmente hijos de Dios (cfr. El rostro de la misericordia, 9).
Bajo esta exigencia evangélica, en esa manera de ser sal y luz de la tierra, de generar signos de esperanza para el mundo, escribe el Papa León XIV: “la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia” (Dilexi te, 9). Además, debemos considerar que los rostros de los pobres y de la pobreza son numerosos: a unos les falta el sustento material, otros viven en algún tipo de marginación, otros no tienen voz para hacer sentir su dignidad, son opacados, hay quienes van por el mundo con una enorme pobreza moral y espiritual o en pobreza cultural… cualquiera que sea su expresión, dice el Papa: siempre genera debilidad o fragilidad personal o social”. No es raro que las instituciones que deberían de cobijar y fortalecer a las personas, a veces, terminen más usándolas para sus intereses o hagan más aguda la “pobreza del que no tiene derechos, ni espacio, ni libertad” (Dilexi te, 9).
Para ser sal y luz del mundo, es necesario que la gracia, la palabra y el amor que recibimos de Dios nos impulsen a generar signos de amor y de esperanza en este mundo tan lleno de sobras e incertidumbres. San Francisco de Sales cuestionaba la fe de muchos, diciendo: hay quien se creerá «devoto porque reza diariamente un sinnúmero de oraciones, aunque después su lengua se desate de continuo en palabras insolentes, arrogantes e injuriosas. Algún otro abrirá su bolsa de buena gana para distribuir limosnas entre los pobres, pero no es capaz de sacar dulzura de su corazón perdonando a sus enemigos» (Tratado del amor, 36). Evidentemente, son los vicios y las dificultades de siempre, también de hoy.
“Ustedes son la sal de la tierra… Ustedes son la luz del mundo” (Mt. 5, 13-14). Lo somos cuando “en Dios y con Dios, amo también a las personas”. “Si en mi vida omito del todo la atención al otro, queriendo ser solo piadoso y cumplir con mis deberes religiosos, se marchita también la relación con Dios” (Benedicto, Dios es amor, n. 18). Cuando, al terminar un día, hagamos nuestro examen de conciencia, es fundamental que nos preguntemos ¿en qué modo le sumamos algo al mundo? ¿Qué hice para que mi entorno fuera mejor? ¿A quién le sume algo para que la vida le fuera más favorable?
No veamos la caridad como un problema, como un peso, sino como una ganancia. “El hombre que tiene caridad transforma radicalmente todas las cosas y todo lo que vive” (Juan Crisóstomo). La caridad, dice el mismo santo, aporta alegría y gracia al alma. Le pone encanto incluso a las cosas difíciles de la vida. Por algo es la madre de todas las virtudes y de todos los bienes.
Concluye Jesús, diciendo: “Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos” (Mt. 5, 16).

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