*Primer domingo de cuaresma
Pbro. Carlos Sandoval Rangel
Cuando perdemos de vista lo que somos y, por lo mismo, queremos actuar desde lo que no somos, en automático, quedamos expuestos a todo. Perdemos autonomía, libertad, encanto, visión, relativizamos lo que es absoluto y queremos absolutizar lo que es relativo.
La serpiente replicó a la mujer: “bien sabe Dios que el día que coman de los frutos de ese árbol se les abrirán los ojos y serán como Dios, que conoce el bien y el mal…”. “La mujer vio que el árbol era bueno para comer, agradable a la vista y codiciable, además, para alcanzar la sabiduría. Tomó, pues, de su fruto, comió y lo dio a su marido, que estaba junto a ella, el cual también comió. Entonces se les abrieron los ojos y se dieron cuenta de que estaban desnudos” (Gn. 3, 5-7).
El ser humano fue creado a “imagen y semejanza de Dios”, pero la serpiente hace una propuesta diferente: “se les abrirán los ojos y serán como Dios”. Comieron del árbol bajo esa motivación: “serán como Dios”. El resultado fue: “se dieron cuenta de que estaban desnudos”.
Lo sucedido en el origen, debería de llevarnos a una seria reflexión: ¿por qué aferrarnos a pretender ser y a vivir desde lo que no somos? Esto lo enfrentamos continuamente con diversos matices. Como se dice, de modo popular, “para muestra basta un botón”: hoy somos testigos del ya famoso fenómeno Therian.
Lo que sucedió en el origen y que marca la dinámica cotidiana del ser humano, lo enfrenta el mismo Señor Jesús, en su plan de redención. Es decir: el demonio ya perturbó la obra de la Creación y ahora quiere también desviar la obra de la Salvación. Cuando el Señor Jesús sintió hambre, se acerca el demonio para confundirlo en su identidad de Hijo de Dios y en el modo de ejercer su misión: “Si tú eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes” (Mt. 4, 3). La respuesta es: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt. 4,4). No suena mal que Jesús use su poder para crear pan para él y para todos. El pan siempre es necesario. Pero Jesús aclara: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt. 4,4). Ojalá se acabara el hambre en el mundo. Pero eso no basta. El pan es necesario, en el ámbito del tiempo, por lo que siempre será algo relativo. Sin desconocer esa necesidad, no perdamos de vista que el pan, en modo absoluto, es Cristo, Palabra divina que se ha encarnado. Un día él hizo la multiplicación de los panes, pero, lo más importante: multiplicó el pan en la última cena: “Partió el pan y lo dio a sus discípulos”.
En la segunda tentación, el demonio llevó a Jesús a lo más alto del templo y le dijo: “Si eres el Hijo de Dios, échate para abajo, porque está escrito: Mandará a sus ángeles que te cuiden y ellos te tomarán en sus manos, para que no tropiece tu pie en piedra alguna” (Mt. 4, 6). Que tu pie no tropiece en piedra alguna, es decir, estarás libre de enfrentamientos, dolores, derrotas, etc. Pero bien decía Benedicto XVI: la paz, la seguridad, “sólo pueden darla quienes tienen el poder de crearla, de vencer y de reducir a sus límites a quienes no la dan”. Por eso no podemos absolutizar ningún poder humano, el cual, bien usado, sirve como herramienta.
La tercera tentación, que es la más difícil, se puede traducir: Tú vienes para reconquistar el mundo, yo te lo entrego, solo tienes que adorarme. Pero, Jesús le replicó: “Retírate de mí Satanás, porque está escrito: adorarás al Señor, tu Dios, y al Él solo servirás” (Mt. 4, 10). No sometamos a Dios a nuestros criterios de certeza. Nunca pidamos a Dios que nos demuestre que es Dios. Dios no es accesible al experimento sensible o científico. Dios diseñó las leyes de la naturaleza, a partir de las cuales trabaja la ciencia y toda capacidad humana, pero él está por encima. No caigamos en la tentación de someterlo a nuestros criterios de certeza, más bien abrámosle nuestro corazón, como él nos abre el suyo.
Su poder no lo demostró lanzándose desde lo alto del templo, sino manteniéndose en lo alto de la Cruz. La única manera en que quiso demostrarnos que es Dios fue amándonos. Dios es Dios y a él adoremos.

