
Mi villano favorito
Por Velia María Hontoria Álvarez
Qué fácil es culpar a los demás de las situaciones desagradables o poco favorables que vivimos. Encontrar a un culpable suele ser encantador es resbaladilla para todos aquellos que no desean asumir su propia responsabilidad. Y, si bien las palabras no hacen la defensa de nadie, sino el obrar y actuar en consecuencia, sí son escudo, ante la falta de quehacer.
Esta semana me encontré con dos personajes que, en la punta de la lengua, rápidamente traen la excusa con la rápida defensa del “yotejuróquenofuífueTeté”.
Reconozco que deslindar responsabilidades es importante, pues define quién es el autor de alguna situación y, al llegar a la raíz del problema, este puede solucionarse con mayor soltura. Más eso de andar repartiendo mis culpas como si fueran cacahuates de piñata solo confunde y enmaraña. Y aunque moleste observó que hay excusadores profesionales que tienen buen estilo; otros son débiles carcazas que solo sirven de tapadera y, distraen la atención del real problema a solucionar otros ni siquiera se esfuerzan en el argumento, esos, no vale la pena ni mencionarlos.
Ejemplos en la vida encontramos cientos, busque usted uno que le acomode. El hijo que llega tarde, con olor a fiesta, y culpa al tren. El amigo que falta a su promesa buscando excusa en la complicación del “vetúasaber”. El funcionario que convoca templetes para felicitarse del triunfo, mientras el desastre se desliza inundando al país. El otro, que declara maravillas blandiendo varitas de papel. Aquel que quita estadísticas y saca cifras de la manga o se instala glamoroso en el Disney World. El marido que no sabe por qué su perfume huele a narcisos. El empleado que mata a sus abuelos cuatro veces mientras el sol dora su blanquecina piel. La colaboradora que retrasa la labor, mientras acusa esa extraña enfermedad que ataca a los chimpancés del Congo.
¿Más cómo debemos tratar a ese personaje que abusa del excusado? Aún no sé. Hay días en que la divinidad me regala paciencia e ignoro, o con cara de zanahoria digo: no te apures, está bien, déjalo pasar, o no la hagas de jamón ,que apenas y alcanza para trocitos de queso. Otras, me doy el tiempo de escuchar la nueva historia y rejunto datos para ver si, con esos trozos, acabo de una vez esa novela que aún no he logrado concluir. De paso, reacomodo las sesenta y cuatro excusas del por qué no le he puesto punto final desde hace más de veinte años.
Más otras, en las que me obliga asumir que esas acciones son también propias de mi actuar, un ciclón de furia se arremolina en mi garganta y agradezco a este cuerpo de manos débiles que no cercenan la garganta de quien habla. Pues si fuertes fueran, esta editorialista sería ya juzgada como asesina serial.
Dicen que el éxito de sobrevivir la excusa consiste en desaprobar lo que los demás hacen y revalorar las pocas o muchas acciones que uno hace. O declararte ignorante, minimizarte, empobrecer tu persona a tal grado que, quien te escuche, no le quede otra más que, compasivo, levantarte del suelo, recoger tus migajas y, en una de esas, abrazarte y pedir perdón. Si cualquiera de esas estrategias falla, no dudes en buscar en el cercano país del norte: verá con seguridad que Trump tiene la culpa. Mientras tanto, no dejemos de buscar villanos y víctimas para seguir escribiendo novela.