//OPINIÓN:// La renuncia de los adultos

Por Velia María Áurea Hontoria Álvarez

Dicen que cuando el caos aparece, hay que mirar hacia adentro. Pero lo que estamos viendo ya no es solo desorden: es descomposición.
Hace unos días, un joven arrebató la vida a sus maestras porque no le permitieron la entrada al aula. Así de brutal. Así de absurdo. Y ante el espanto, seguimos fabricando explicaciones que nos tranquilicen, como si “entender” el origen del mal fuera suficiente para eximirnos de la responsabilidad. No lo es. Comprender no es justificar, y analizar no es resolver. El dolor por la pérdida es inmenso, pero hay algo más que debería estremecernos hasta la médula: el miedo. Hoy, el aula ha dejado de ser un santuario. Muchos maestros han comenzado a temer a sus alumnos. Y cuando quien debe guiar siente pavor frente a quien debe ser guiado, la educación deja de ser un espacio de formación para convertirse en un terreno de supervivencia; ahí, definitivamente, ya no hay crecimiento, menos desarrollo.
Quizá se ha confundido el amor con la condescendencia y la guía con el abandono disfrazado de libertad. En ese extravío, saturamos la agenda de nuestros hijos con un exceso de tareas sin ton ni son, actividades a tope para cansar; una carga mecánica que, lejos de educar, les roba el contacto con la calle, la contemplación de los árboles y la simple luz del día. Los queremos expertos en datos, pero los estamos dejando huérfanos de mundo. Entonces vienen los espacios vacíos de autoridad, comandados por mamás celosas y papás “envaletonados” e hijos caprichosos. Me pregunto: ¿dónde hemos claudicado? Este horror no nació en ese salón; germinó hace años en nuestras pequeñas decisiones cotidianas. Nació cada vez que justificamos lo injustificable; cada vez que, por comodidad o debilidad, le arrebatamos la autoridad al maestro frente a nuestros hijos. Nació cuando decidimos que era más fácil evitar el conflicto que formar el carácter.
La pregunta candente no es qué le pasó a ese joven. La pregunta es mucho más incómoda y apunta directamente al espejo: ¿En qué momento decidimos que poner límites era una opción y no un deber?
Hoy cosechamos las consecuencias: maestros rotos, alumnos sin brújula y familias que han perdido el rumbo en la niebla de la complacencia. Pero rendirse no es una alternativa. Debemos recuperar la claridad: poner límites no es violencia; educar no es agredir; corregir no es destruir. Al contrario: es construir a tiempo para no tener que reconstruir sobre cenizas. Cada día, conviviendo con nuestros hijos o con nuestros compañeros de trabajo, tenemos una oportunidad al cambio.
Quizá lo que nos falta no es amor, sino cauce. Llenarnos del valor para ejercer nuestra posición como adultos sin excusas, sin mirar el reloj; dejar el chat, el WhatsApp o la TV para al rato, o de plano abandonarlos. Si queremos rescatar lo que aún nos queda, debemos volver a lo básico: asumir el costo de la formación.
Porque si seguimos cediendo terreno por temor a incomodar, el caos dejará de ser una tragedia en las noticias para convertirse en nuestra norma de convivencia. Y ese, y no otro, será nuestro verdadero y definitivo fracaso como sociedad. Estas letras buscan sembrar el optimismo por hacer y ser; el deseo de no claudicar, de enamorarnos de una vida menos plana, más de contacto, de olores, sabores y, sobre todo, de levantar la vista al futuro y sin miedo creer en esta humanidad que, poro a poro, transpira y, aunque falla, reconoce que en sí está la solución… ¿o se la dejamos a la IA?

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