//OPINIÓN:// La vajilla de diario

Por Velia María Áurea Hontoria Álvarez

De niña observé en algunas casas un ritual silencioso: salas hermosas pero clausuradas, el terciopelo rojo oculto bajo una sábana blanca, el piano de cola vedado a los curiosos. Habitaciones abiertas solo cuando llegaba la visita importante, el extraño. Supe también de perfumes que envejecieron sin haber sido usados, aguardando ocasiones solemnes que nunca llegaron. Y vi cómo las sonrisas, las atenciones y la cortesía se prodigaban a esos desconocidos, mientras en lo cotidiano se administraban con mesura. Era —y sigue siendo— una forma muy nuestra de amar: intensa hacia afuera, contenida hacia adentro.
Hay una costumbre que repetimos sin pensar, como si viniera impresa en la sangre: guardar lo bueno. El mantel bordado, la vajilla que “no es para diario”, la receta reservada para las fiestas, el vino que espera una fecha valiosa. Guardamos también el afecto, las palabras amables y el tiempo sin prisas. Todo queda suspendido, como si la vida trajera un botón de “después” garantizado. Pero el después no siempre llega.
Hoy nos preparamos para recibir visitas —y ahora, con un mundial en puerta, más— queremos mostrar la mejor cara: calles limpias, logística eficiente, servicio impecable. Está bien. Es natural. Lo inquietante es a quién le ofrecemos primero esa versión pulida. Porque con los de casa solemos ser distintos: impacientes; racionamos no solo la comida, también el cariño; regateamos el abrazo, cobramos caro el buen humor. Y cuando llega la visita, sacamos hasta lo que no tenemos; algunos incluso piden prestado con tal de quedar bien.
En la mesa familiar se aprende a compartir o a escasear. Ahí se decide si lo mejor se usa o se guarda. Si la sopa alcanza o se mide con cuchara pequeña. Si el pan se parte o se deja endurecer para mañana. Verifica. Mira los gestos mínimos: la escucha, el cuidado cotidiano, la forma silenciosa de decir te veo. Sin amenazarte, sin herirte… cuidándote. Porque estar, también, es una forma de amar.
No me digas que no dices “te quiero” porque “ya se sabe”. El afecto no declarado se vuelve omisión. Y no te escudes en la idea de que “lo mío es tuyo” si, en el fondo, se escatima la generosidad. Pues, si bien no somos perfectos, siempre hemos estado ahí, ¿verdad?
México se prepara para abrir la puerta al mundo, una vez más. Ojalá también se prepare para mirarse puertas adentro. Porque la mejor imagen no se maquilla: se practica. Y se practica con los de casa, entendiendo que lo bueno —lo verdaderamente bueno— no es un lujo, sino una decisión cotidiana.
El “luego” no es renovable. Sospecho, incluso, que no existe. Es, muchas veces, la forma más cómoda de postergar lo esencial hasta que solo queda el arrepentimiento; ese vacío que termina por desfondar aquello que debía sostenernos.
Tal vez así nos enseñaron. Quizá por eso repetimos. Pero ha llegado el momento de invertir la lógica: hacer especiales los días comunes. Usar la vajilla. Estrenar el vestido. Cocinar con cuidado. Decir gracias. Pedir perdón. Reír. Cuidar. Porque la vida no avisa cuándo es fiesta y cuándo no.
Si vamos a abrir la puerta al mundo, hagámoslo desde un hogar que ya se respeta. Que no necesita fingir abundancia porque es magnánimo con los suyos. Que no actúa para la visita porque es honesto en casa.
Lo mejor que tenemos no debería esperar. Se usa. Se comparte. Se coloca al centro de la mesa.
Primero con los de casa, decía papá. Luego, con quien llegue; pues solo así se reconoce a quien de verdad es familia y el resto, aunque importante, solo es visita.

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