Por Velia María Áurea Hontoria Álvarez
Hay recintos que imponen por su silencio, pero el Museo Nacional de Antropología impone por lo que susurra. Este miércoles, bajo el cobijo monumental de El Paraguas —aún sin agua, pero lleno de vida— se abrió un espacio formal de interlocución sobre el rumbo económico del país. Ahí, rodeada de piedra antigua y memoria viva, escuché mi nombre, el de mi estado y el de mi amada ciudad, sumado al de 29 mujeres empresarias: líderes y directoras, capaces y valientes. Más que un reconocimiento, fue una responsabilidad concreta: trabajar sin protagonismos, con rigor técnico y convicción.
Que la Secretaría de Economía federal convoque a la iniciativa privada —desde el gran corporativo hasta la empresa más pequeña— por instrucciones de la máxima autoridad del país para sentarla en la mesa de las decisiones, es un hecho que merece atención. Más allá de coyunturas, creencias o preferencias, el mensaje es claro: el desarrollo no se decreta; se construye desde el territorio y se labra todos los días. El progreso real solo avanza cuando quienes arriesgan, producen y sostienen el empleo participan activamente en su diseño, bajo reglas claras y piso parejo.
Desde el templete, al observar los muros de mármol del museo, una frase de Jaime Torres Bodet me detuvo el aliento: “Lo que tiene el árbol de florido vive de lo que tiene sepultado”. Pensé en nuestras empresas locales. En las dificultades cotidianas que enfrentamos quienes dirigimos, administramos o emprendemos: cubrir la nómina, cumplir en lo fiscal, alcanzar certificaciones nacionales e internacionales, modernizar procesos e innovar; el desafío de competir sin naufragar. Importar tecnología entre la saturación logística y marcos regulatorios en constante evolución. Y, sobre todo, pensé en la necesidad de que la certidumbre jurídica deje de ser un espejismo para convertirse en el suelo firme de la inversión.
Se habla mucho de nearshoring y de cifras que se anuncian en miles de millones de dólares. Y sí, esa es la flor. Pero la raíz somos nosotros: quienes mantenemos viva la economía real, quienes damos continuidad y quienes no levantamos campamento cuando cambian los vientos.
Asumo esta coordinación estatal, Promotor de Inversiones, de carácter honorario, con la mira puesta en lo que somos: un nodo estratégico del desarrollo regional. Celaya no es solo un punto en el mapa logístico de México; es un motor productivo que debe traducir los incentivos en resultados tangibles para su gente. El reto es lograr que las deducciones fiscales, los programas de fomento y las metas de contenido nacional se transformen en empleo digno, en transferencia tecnológica y en cadenas de valor que fortalezcan el tejido social desde lo local.
El planteamiento es incluyente: no distingue tamaños, porque en la economía que viene el proveedor local es tan indispensable como la gran empresa tractora. El verdadero éxito será que la riqueza no solo circule por nuestras carreteras, sino que se quede, se invierta y se multiplique en nuestras comunidades, generando la estabilidad que nuestras familias merecen. Hoy, más que nunca, la unidad y la visión de futuro nos ofrecen una oportunidad clara; dependerá de nosotros convertir esta apertura en una herramienta de transformación.
Vuelvo a mi tierra con la convicción de que este nombramiento no es una medalla personal, sino una herramienta de trabajo. El mandato es abrir ventanas y sostener un diálogo técnico y directo con la Federación, en estrecha colaboración con el gobierno estatal y desde un mismo plano de respeto, con el objetivo de destrabar, con firmeza y método, aquello que a menudo se vuelve infranqueable para quienes producimos. Porque cuando la raíz es fuerte, la flor del desarrollo llega. Y entonces, la primavera dejará de ser una promesa de escritorio para volverse una realidad compartida en cada calle de nuestra ciudad y de nuestro estado.

