PROSPECTIVA: Al ministro acordeón le gustan los zapatos limpios…

J. Gerardo Mosqueda M.

Se encuentra en todas las redes sociales, ha generado una cantidad importante de comentarios, críticas y señalamientos respecto al hecho donde colaboradores del ministro presidente de la suprema corte, Hugo Aguilar Ortiz, le limpian sus zapatos en público.
Reforzando visiblemente su prepotencia en un formato de jerarquía rígida y permitiendo que
funcionarios de primer nivel dentro del poder judicial realicen tareas serviles, refuerza visualmente la necesidad de señales de poder; en el video está la imagen muy clara de sus manos en los bolsillos, mientras los otros se hincan para limpiarle su calzado Ferragamo, da la impresión de qué les otorga el permiso para que limpien su calzado, con lo cual consolida su estatus ante los que le rodeaban en ese momento.
Su actitud valida la conducta del subordinado, estableciendo normas implícitas de que su tiempo o su imagen son superiores a la dignidad de sus colaboradores y aunque ante los medios hizo el intento de explicar lo realmente inexplicable; la respuesta del ministro atribuye todo al acto de un accidente con café y nata… pues en realidad es una técnica clásica de reencuadre, es decir, quiso componer la situación, cuando hablaba ante los representantes de los medios de comunicación, sin lograr conseguirlo.
Está claro que al ministro no se le da la congruencia, tampoco el respeto a la dignidad de sus subordinados. Para él, sólo valió la pena el intento de un ejercicio de control de daños, pero permitir estos incidentes en el marco de un evento donde se habla de igualdad y cercanía con el pueblo; a imagen de servidumbre rompe esa coherencia y por lo tanto debilita y contradice la legitimidad de sus mensajes institucionales.
Por si le hiciera falta al permitir actos como éste, el ministro de la corte es cada vez más vulnerable a los ataques de opinión pública, que han lanzado toda clase de calificativos, evidenciando que a este ministro presidente, todos los contenidos de austeridad, de sencillez, de identificación con los pueblos y en particular los pueblos indígenas, son falsos, al final eran más importantes sus zapatos de marca Ferragamo y para eso no le importó pisar encima de la dignidad de sus colaboradores.
Para la opinión pública, este sesgo del ministro Aguilar Ortiz confirma lo que la opinión pública ya etiquetó desde el incidente de las camionetas, estamos hablando de un cuerpo de nivel superior del poder judicial de perfil, elitista, vacío, en una palabra: hipócrita, lo hemos venido viendo en una gran cantidad de incidentes, no sólo como el presidente de la corte, también con toda la gestión política de los actores principales del oficialismo.
Creyó que con explicar era suficiente y logró consolidar la imagen negativa que en realidad a cultivado y todas las explicaciones que da respecto al café, la nata y el Ferragamo y los pañuelos solamente consolidan que no le importa al ministro.
Todos los comentarios son una excusa, en ningún momento alcanza a ser una autocrítica,
independientemente de qué pudo existir, el accidente permitió una dinámica que no refleja los valores de igualdad en la suprema corte, adicionalmente las imágenes del ministro con las manos en los bolsillos, mientras otros de rodillas, limpian sus zapatos, requiere que realice actividades donde él sea quien sirva o se encuentre en una posición de esfuerzo físico compartido no una simple explicación, porque eso no borrará la imagen del incidente que permanecerá con él en el cargo de presidente de la corte. Dicho de otro modo, no entiende que no entienden.
Sólo unos cuantos meses y la inconsistencia ideológica, las contradicciones entre sus discursos de humildad y su estilo de vida actual, la banalidad con la que se llenan los espacios periodísticos, porque al ministro no se le da comunicar una explicación que refleje un mínimo de calidad humana y la patética contradicción del mensaje de austeridad contra el lujo en el que se mueven, y los privilegios que disfrutan sólo llevan un escenario los personajes que hoy tienen la responsabilidad de administrar la justicia de nuestra nación, no han dimensionado su muy pobre contenido técnico jurídico, lo superficial y banal de sus mensajes, la austeridad en el discurso, que no en los hechos y hasta la toga indígena, que en realidad termina siendo utilizada para diferenciarse del resto de los ministros, en una permanente y patética, actitud de soberbia y de superioridad en su persona.
Asume ser depositario de la verdad absoluta, ignorando el impacto visual de tener a sus
subordinados, como la directora de comunicación incada sus pies, mientras él mantiene las manos en los bolsillos.
Por eso es muy notable la crítica que la activista Ceci Flores hizo duramente a su conducta,
contrastando que mientras a él le limpian los zapatos, las madres buscadoras se los ensucian rascando tierra para buscar a sus hijos, no cabe duda de que esto es una de muchas comparaciones, que refuerzan la imagen de un funcionario desconectado de la realidad, hinchado de arrogancia, mareado de poder, borracho de petulancia, junto a una patética respuesta de incompetencia a las exigencias del cargo.
Ya no le alcanza el escueto discurso con el que se presentó originalmente de defensor de pueblos originarios, en realidad su trayectoria en el Instituto nacional de los pueblos indígenas, estuvo más bien marcada por ser operador a favor del Estado en proyectos donde él hizo la labor de subordinar a los pueblos indígenas, ante los proyectos que le cuestionaron las comunidades, por los altos niveles de afectación a su entorno ecológico y a su modo de vida y que en realidad tuvo un móvil en la persona del ahora, ministro presidente, de su ambición de poder por encima de sus causas originales.
Por desgracia, son apenas algunas de las primeras consecuencias de tener un arrogante presidente de la suprema corte que llega al poder mediante un voto inducido por un acordeón preparado por el oficialismo, que se siente exento del escrutinio de las formas tradicionales, de respeto y de equidad.
El ministro sólo refleja una conducta de subordinación al oficialismo que se manifiesta tanto en la validación de su origen, como en la simbología de su gestión.
Su relación con el poder ejecutivo y legislativo es una alianza política, pero sobre todo una
integración orgánica al proyecto de la llamada cuarta transformación; existe vínculo de deuda moral con el partido que impulsó la reforma, su victoria fue celebrada por la diligencia de morena como un triunfo propio, y se le ha visto en reuniones a puerta cerrada con los líderes oficialistas como Ricardo Monreal. No parece importarle que esto rompa la barrera de la sana distancia necesaria para la independencia judicial.
El ministro utiliza frecuentemente la retórica del ejecutivo para legitimar su posición en sus discursos oficiales, adoptado conceptos como el humanismo mexicano y la justicia social, que, si bien son términos centrales de la narrativa de la presidenta de México, son conceptos vacíos, y en el menos malo de los casos ideologizados por ese formato de socialismo trasnochado que caracteriza el oficialismo.
Su propuesta de cambiar la toga tradicional por vestimentas indígenas es una herramienta de ingeniería social, que contribuye a desmantelar la simbología del viejo régimen judicial, alineándose con el propósito del oficialismo de revolucionar las instituciones.
La paradoja de la autonomía proviene de su insistente condición de qué no habrá confrontación con el gobierno; en política, la no confrontación con el poder ejecutivo fuerte, a menudo se interpreta como una sumisión preventiva al prometer un diálogo sin rupturas, enviar la señal de qué la corte no será el contrapeso que detenga las reformas clave del oficialismo.
Ese polémico video que quedará para la posteridad de la limpieza de sus zapatos ya logró que actores del partido morena salieran a cerrar filas en su defensa, es decir, esta protección partidista genera la percepción de que el ministro es un activo político del sistema actual, más que una autoridad independiente. El oficialismo lo defiende porque su caída sería un golpe al éxito de la reforma judicial.
Aguilar Ortiz actúa como un ministro de Estado, más que como la cabeza de un poder
independiente, su subordinación es estratégica, utiliza su identidad y su legitimidad electoral para aplanar el camino jurídico de la administración actual, y con ello reduce la fricción entre la constitución y las metas del oficialismo.
Lamentablemente.

Hasta la próxima en PROSPECTIVA.

J. Gerardo Mosqueda M.

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