Por Velia María Áurea Hontoria Álvarez
“Cada componente que desarrollamos en México es empleo, es conocimiento y es soberanía productiva”. Con esta contundencia, la Arq. Laura Sepúlveda Antuna marcó el inicio de una etapa inédita: la instalación del comité Promotor de Inversiones en Querétaro. Un esfuerzo que, bajo el liderazgo del Secretario de Economía, Lic. Marcelo Ebrard, y el respaldo del Gobernador Mauricio Kuri, coloca a 32 mujeres empresarias, líderes al frente de un Comité nacional sin precedentes.
La frase no fue un adorno retórico; fue una hoja de ruta. En un entorno global que ya no premia la comodidad, sino la velocidad de reacción, México enfrenta un reto histórico: sustituir importaciones estratégicas y elevar el contenido nacional. Sin embargo, para que el empresario asuma el riesgo de innovar, necesita algo que no se encuentra en los discursos: certidumbre operativa.
Es aquí donde debemos hilar fino. Como bien señaló la Arq. Sepúlveda Antuna, pues la certidumbre no se decreta; se construye. No puede nacer del aplauso fácil en el evento ni de la fotografía institucional. Se edifica en la estabilidad normativa, en la simplificación inteligente de procesos y en la congruencia absoluta entre lo que se anuncia y lo que se ejecuta. Como señalaba Friedrich Hayek, la libertad de elegir nuestro propio camino solo es posible bajo un marco de reglas estables y predecibles. Sin ese marco, la inversión —siempre sensible y nunca cautiva— se vuelve cautelosa.
Atravesamos tiempos estratégicos donde el desarrollo no es un favor del gobierno al empresario, ni una concesión de la iniciativa privada al sector público. Es una corresponsabilidad institucional. Reducir la tramitología no implica debilitar controles, sino fortalecer la eficiencia del Estado. Exigir reglas claras no es reclamar privilegios, es defender un “piso parejo” que permita competir por talento y tecnología, no solo por costos.
Los espacios de coordinación, cuando se asumen con la seriedad con la que trabajamos las 32 coordinadoras, permiten alinear visión y ejecución. No se trata de protagonismo vano y absurdo sino de buscar el cómo sí. No se trata de multiplicar discursos, sino de traducirlos en métricas y resultados verificables. México vive una etapa de definición: un país revolucionado sin revolución, donde debe prevalecer la estrategia técnica sobre la inercia política.
Al cerrar la sesión, el papel del Comité quedó delineado con una firmeza que el sector empresarial —hoy legítimamente reticente— necesitaba escuchar: ser un puente y una voz firme para facilitar, acelerar y, cuando sea necesario, presionar para destrabar gestiones entre los tres niveles de gobierno. No podemos permitir que la burocracia frene la inversión ni que la falta de coordinación detenga el crecimiento. Somos la base económica y productiva, no debemos detenernos.
Ratifico lo dicho en esa mesa de acción: no queremos esfuerzos dispersos ni buenas intenciones. Queremos resultados medibles. Identificar obstáculos y proponer soluciones concretas es nuestra misión. Pues como bien mencionó Laura: “No vamos a competir solo por costos; vamos a competir por talento, por tecnología y por capacidad de adaptación, demostrando que lo hecho en México, está bien hecho”
Esto, amable lector, no es solo gestión; es la dirección necesaria para que el futuro no sea algo que esperemos, sino algo que construyamos todos los días.

