*V domingo de pascua
Pbro. Carlos Sandoval Rangel
“No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. Si no fuera así, yo se lo habría dicho a ustedes, porque ahora voy a prepararles un lugar” (Jn. 14, 1-12). El marco de este evangelio son las despedidas de Jesús de sus discípulos, que incluyen el anuncio de la traición de Judas y la negación de Pedro. Esto crea confusión y miedo en los apóstoles. De ahí que, las afirmaciones de Jesús son para darles seguridad: me voy, pero es para prepararles un lugar. Con esto, Jesús abre para el creyente unas perspectivas de vida que sobrepasan todo alcance temporal.
Para muchos críticos de la fe católica, como Marx y otros, el tema de la vida eterna le hace bastante mal al ser humano, pues, dicen que bajo la idea de la eternidad muchos son explotados y maltratados. Señalan que la fe se reduce a consolarlos diciéndoles que todo se lo ofrezcan a Dios, que soporten y un día Dios les premiará con el gozo eterno. Obviamente, esta perspectiva de fe no es la del Evangelio, pues, en esencia, el proyecto del Evangelio es un camino que nos compromete a todos para trabajar por dignificar al ser humano.
El proyecto de Jesús es tan completo que ante las cuestiones que Tomás le plantea: Señor no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?, Él responde con claridad: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí”.
En lo común, todos aspiramos a la vida y a la verdad, pues son valores que, en sí mismos, le reditúan tanto al ser humano en su dimensión personal y social. Todos queremos una buena vida, muchos nos queremos sentir hasta dueños de la verdad, algunos queremos dejar una huella que sume a la vida de los otros… El problema está en la manera cómo planteamos los caminos o el camino para lograr estos bienes, en esencia, tan nobles. De ahí lo fundamental de esa propuesta integral de Jesús como camino, verdad y vida.
Desde las afirmaciones de Jesús, qué importante es que podemos replantear los alcances de nuestra vida: ¿a dónde queremos ir?, ¿dónde queremos permanecer? y ¿cómo queremos llegar? Ante estas interrogantes fundamentales, Jesús se presenta como la Verdad a la cual tenemos que aspirar todos. Como Verdad, desde Él, se logra una comprensión diferente del mundo y de la existencia del hombre. Al plantearnos ¿dónde queremos permanecer?, Jesús responde presentándose como Vida, que nos garantiza el sentido de una vida presente, pero con perspectiva de eternidad. Nada mejor que permanecer en Él que es vida en plenitud, que da significado y plenitud a todo. Mas para lograr todo lo anterior hay un Camino, que es Cristo. Así, el evangelio nos deja claro unos principios que iluminan y la fuerza del amor que nos capacita para enfrentar los retos vitales: la felicidad, el sentido de vida, el sufrimiento, el valor de las personas, el amor a nuestra casa común, etc.
Jesús sabe que asegurar un lugar en la casa del Padre lo vale todo, pues es llegar a la vida plena. Pero, llegaremos allá haciendo el camino del evangelio, de la fe, que se encarna en un camino de amor, como la ha trazado Cristo.
“Dios es vida eterna y verdad cognoscible; pero nosotros tenemos la dicha de que el Verbo de Dios (Jesús), que es Verdad y Vida junto al Padre, se haya hecho Camino, asumiendo la naturaleza humana. (Por eso), camina contemplando su humildad y llegarás hasta Dios” (S. Agustín, sermones 142 y 141, 1.4).
Si crees que Jesús es el camino, no te separes de Él, pues “es mejor andar por el camino, aunque sea cojeando, que caminar rápidamente fuera del camino. Porque el que va cojeando por el camino, aunque adelante poco, se va acercando al término; pero el que anda fuera del camino, cuanto más corre, tanto más se va alejando del término” (S. Tomás, Super Evangelium Ioannis).
¡No nos acostumbremos a caminar sin Cristo! ¡El verdadero camino se empieza ahora, después puede ser demasiado tarde!

