Por Velia María Áurea Hontoria Álvarez
De pronto una canción aparece en las redes. Los jóvenes la cantan en los automóviles, los niños la repiten en las escuelas y terminamos tarareándola sin entender cuándo ocurrió el contagio.
Eso sucede con “Esto es México” de Coray, una composición nacida en mi estado, lejos de las grandes disqueras, de campañas oficiales. Quizá su éxito no esté únicamente en la música ni en sus pícaras palabras; llegó a despertar una necesidad que muchos llevábamos tiempo sintiendo y pocos nos atrevíamos a nombrar: volver a creer.
Vivimos tiempos extraños. Abrimos los periódicos y encontramos violencia. Las noticias escurren corrupción, divisiones, desencanto y desconfianza. Lentamente doblamos los hombros ante esa colección interminable de pendientes y heridas que arrastra el país. Pero esa no es toda la historia.
México es aquel quien termina un turno agotador y regresa a cuidar a sus padres. El empresario que se sienta en esa silla que nadie quiere. La maestra que sigue enseñando, aunque el techo de la escuela tenga más agujeros que presupuesto. La mujer que sostiene una familia con fortaleza indestructible. El migrante que cruza fronteras llevando en una mochila la esperanza de generaciones.
Somos una tierra extraña. Nos criticamos sin descanso. Divididos por política, religión, ideologías y hasta por los equipos que ni conocemos. Desconfiados hasta la médula. Pero basta que alguien cuestione nuestros colores, que ocurra una tragedia o que un estadio entero grite “¡México!” para descubrir que debajo de nuestras diferencias sigue latiendo un mismo corazón.
Quizá por eso el Mundial importa más de lo que muchos estamos dispuestos a admitir. No porque un balón resuelva problemas o una copa cambie la realidad. Ni porque por arte de magia aparezcan los desaparecidos. Importa porque, durante unos instantes, nos recuerda que somos capaces de caminar en la misma dirección.
Hay una frase de la canción que se queda conmigo: “Verde y blanco es la pasión, y el rojo es resurrección”. Qué metáfora tan perfecta para el México de hoy. Porque la resurrección es un acto revolucionario. No se deposita en tarjetas.
La resurrección es la terca voluntad de levantarse cuando todos te daban por vencido. Es negarse a aceptar que el deterioro es destino. Es lavar el cristal del desánimo para descubrir que la realidad no está escrita en piedra. Esa fuerza no pertenece a los estadios; vive en la comunidad que decide no resignarse. Habita en los ciudadanos que defienden su ciudad para que no la rajen. Resurge en una familia que comienza de nuevo después de la pérdida. Y florece en una nación que comprende que el futuro no es algo que sucede, sino algo que se construye todos los días. Eso es ambición. Eso es convicción. Es creer que todavía podemos hacer cosas extraordinarias.
Por eso hoy dejaré que este entusiasmo me sirva de pretexto. No para evadirme de la realidad, sino para reconciliarme con ella. Para recordar que si somos capaces de fundirnos en un solo corazón para empujar un balón hacia una red, esa misma fuerza podría levantar ciudades del escombro, proteger a nuestros niños y devolverle la dignidad a nuestro país.
Gritemos si queremos. Celebremos si nos va.
Pero cuando el partido termine y el ruido se apague, sigamos jugando con honor en el espacio que nos toca ocupar. Porque esto es México: el que ha aprendido a levantarse tantas veces que ya no cree en derrotas definitivas. Y cuando aparezcan los profetas del fracaso para repartirse la herencia de nuestras caídas, volveremos a cruzar el Mictlán, recogeremos los huesos y nos pondremos de pie.
¡Viva México, chingones!

