*XI Domingo del tiempo ordinario
Pbro. Carlos Sandoval Rangel
En el Sinaí, Dios hizo una alianza con el pueblo de Israel: “si escuchan mi voz y guardan mi alianza, serán mi especial tesoro entre todos los pueblos” (Ex. 19). El pueblo aceptó la propuesta y, en adelante, a pesar de sus infidelidades, ese era su máximo orgullo: “somos propiedad de Dios”. Así lo expresa el salmista: Reconozcamos que “el Señor es Dios, que Él fue quien nos hizo y somos suyos, que somos su pueblo y su rebaño” (Ps. 99).
Esta pertenencia no es una simple cuestión legal o formal, sino algo que genera una condición de vida, un modo de ser, da una identidad única. El pueblo de Israel había vivido la experiencia de la esclavitud en Egipto y ahora, gracias a la intervención portentosa de Dios, es un pueblo libre. En adelante, vive bajo el cuidado bondadoso de Dios, así lo reconocen y así lo celebran: “Porque el Señor es bueno, bendigámoslo, porque es eterna su misericordia y su fidelidad nunca se acaba” (Ps. 99).
En Cristo esta alianza de pertenencia toma unas dimensiones de plenitud, pues ahora le pertenecemos a Dios como hijos. No sólo fuimos liberados de una esclavitud legal y de dominio físico, como sucedió en el Antiguo Testamento, cuando el pueblo de Israel fue rescatado del poder del Faraón en Egipto. Ahora, la liberación parte del corazón, pues se nos salva del pecado que ata sentimientos, pensamientos y, en general, condiciona nuestro ser. La garantía de esta nueva pertenencia no es nuestra capacidad, sino el mismo Cristo que firma todo con su sangre en la Cruz. Dice San Pablo: “Y la prueba de que Dios nos ama está en que Cristo murió por nosotros, cuando aún éramos pecadores” (Rom. 5).
Algo más de la nueva pertenencia: no está limitada a un pueblo, queda abierta para todos. Creando así las condiciones para reconstruir la humanidad. En el corazón de Dios cabemos todos y todos podemos ser acreedores de su amor. Ya dejó de ser un privilegio exclusivo de un pueblo.
Bajo esta mirada universal, abierta a todo el mundo, Jesús dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos” (Mt. 9, 37). Cristo jamás fue indiferente a lo que el mundo vive, como tampoco podemos serlo los hijos de la Iglesia. Por eso, nos enseña el catecismo: “por su propia misión, la Iglesia avanza junto con toda la humanidad y experimenta la misma suerte terrena del mundo, y existe como fermento y alma de la sociedad humana”.
Si Jesús dijo que la mies es mucha, podemos agregar: es mucha y muy variada. Al Señor le urgen apóstoles que sepan llevar un sentido de vida sólido a la fábrica, a la universidad, a los profesionistas, a los empresarios, a los políticos, a los pobres, a los ricos, a los migrantes, a los que están solos y a los que tienen hambre, es decir, a toda persona, en cualquier lugar y en toda condición.
Hoy, ante un mundo que atraviesa una densa crisis antropológica, social, política y cultural, Jesús nos llama con insistencia: “La mies es mucha, los trabajadores pocos”. No podemos pertenecer a Dios y vivir bajo la pasividad. Más que nunca, estamos en el tiempo de la Iglesia y del creyente, para mostrar que el amor de Dios nos hace vivir y nos permite ser fermentos de vida.
“Al ver Jesús a las multitudes, se compadeció de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas” (Mt. 9, 36). Pero, no olvidemos algo fundamental: la misericordia no es sólo el obrar de Dios, sino, también, tiene que establecerse como el deber ser y el modo de ser de sus hijos.

