Pensar ya no cotiza

Por Velia María Áurea Hontoria Álvarez

Hubo una época en que pensar marcaba la diferencia. No era quien respondía más pronto, ni quién lo sabía todo o publicaba primero; era quien pensaba mejor. Se valoraba la presencia de una mente brillante.
Hoy ocurre exactamente lo contrario. Se valoran los dedos ágiles que tocan la pantalla para responder a lo primero que exige la economía digital, esa que no paga por pensar, sino por reaccionar.
Entonces las conversaciones mueren antes de empezar.
—¿Sabías que Cleopatra…?
—No era así, mira, aquí dice que…
—Ah, claro. Pero…
Los oídos ya se habían ido a otra red.
Las grandes plataformas digitales descubrieron hace tiempo que la reflexión genera poca interacción y que la reacción inmediata resulta mucho más rentable; mientras que los impulsivos somos una mina de oro constante y sonante. Publicidad. Ofertas. Ropa. Información. Más información. «Déjamelo a mí. Tú paga, robotito».
¿Recuerdas la última vez que hiciste una reflexión de fondo? ¿Qué recuerdos conservas como auténticamente tuyos? ¿Los titulares que lees los contrastas o simplemente los repites? ¿Compartes noticias cuya veracidad desconoces? ¿Aceptas propuestas sin conocer sus consecuencias? ¿Has cambiado tu forma de vestir o de peinarte porque un influencer te convenció?
Me parece que hoy las plataformas ya no compiten únicamente por tu tiempo. Compiten por tu atención. Y, mientras tanto, consumen horas sin que apenas lo percibas. La vida sigue embelleciendo el mundo a tu alrededor, pero tus ojos permanecen cautivos de una pequeña pantalla.
Todo esto lo observé porque tengo la costumbre de mirar el teléfono antes de ducharme mientras pongo mi música favorita. Empiezo leyendo un mensaje. Después aparece otro. Luego un vídeo. Otro más. Y otro. ¡Ay, el baño! Casi me lo pierdo.
No sé exactamente cuándo ocurrió, pero un día comprendí que el teléfono estaba entrando demasiado en mi vida. Noté que mis apreciaciones se volvían más rápidas y menos razonadas.
¿De verdad diez mil «me gusta» merecen mi atención? ¿Y este atardecer que tengo delante? Espera… mejor voy a ver cómo se ve el de Bali, aunque yo esté aquí.
Todo está diseñado para provocar una reacción inmediata.
Indignación.
Miedo.
Euforia.
Envidia.
Nunca curiosidad.
Porque la curiosidad necesita tiempo.
La indignación necesita dos segundos.
¿Quién gana más dinero con mis impulsos? ¿Quién consigue quedarse con mi capacidad de pensar?
Dicen que la información es poder. Pero ahora, aparentemente, todos sabemos de todo, gratis y al instante. ¿De verdad sabemos? ¿Honradamente entendemos lo que leemos? ¿Quién está pensando por nosotros mientras creemos que pensamos por nuestra cuenta?
Demasiadas poses, selfies y consejos de expertos a los que ni siquiera conozco. Gurús por todas partes que, en diez pasos, me dicen qué comer, cómo vestir y hasta qué pensar.
Y, en esta carrera por la velocidad, termino pareciéndome a los propios algoritmos: respuestas inmediatas, compras inútiles, opiniones sin argumentos y consultas hechas a toda prisa. Termina un vídeo y, sin haberlo digerido, comienza otro completamente distinto. Mi mente se dispersa y, con ella, también mi capacidad de reflexionar sobre lo que realmente necesito, sobre lo que quiero y sobre lo que me hace bien.
La ironía es brutal. Nunca tuve tanta información al alcance de la mano. Nunca retuve tan poco.
Porque pensar exige silencio.
Exige pausa.
Así se toman las buenas decisiones.
Pero eso no genera ingresos.
Quizá hoy el verdadero lujo ya no sean las posesiones. Quizá el verdadero lujo consista en poder sentarse unos minutos con una sola idea, sin tocar el móvil y sin pedir permiso a los miles de «me gusta».

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