*XVIII domingo del tiempo ordinario
Pbro. Carlos Sandoval Rangel
En los domingos anteriores, a través de las parábolas, Jesús nos explicó los misterios del Reino de los cielos. Bajo ese precedente, ahora Jesús nos lleva a la cumbre del evangelio, indicándonos cuáles son los signos del reino.
El profeta Isaías, años antes de la venida de Cristo, presagiaba el tiempo de la salvación, es decir, el reinado de Dios entre nosotros, y los signos para identificar ese tiempo eran la abundancia y la compasión: “Todos ustedes, los que tienen sed, vengan por agua; y los que no tienen dinero, vengan, tomen trigo y coman; tomen vino y leche sin pagar” (Is. 55, 1). Pues, Jesús, como escuchamos, después de que se había retirado solo para orar, debido a la muerte de Juan el bautista, se encontró con la multitud que lo andaba buscando. Y, en cumplimiento de la profecía de Isaías, dice el evangelio que desembarcó y “vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos” (Mt. 14, 14).
De ahí, se abre todo un escenario, donde es fundamental no sólo lo que Él hace, sino, también lo que provoca. Después de curar a los enfermos, la atención se puede centrar, como es obvio, en el hecho milagroso de la multiplicación de los panes. Pero, a este milagro le antecede otro hecho muy profundo: alguien traía cinco panes y dos pescados y ese alguien decidió no retenerlos sino compartirlos y ponerlos en las manos de Jesús. El milagro es extraordinario y nos muestra el poder de Dios, ejercido por Jesús. Mas, la llegada del reino se muestra también en que alguien ante la presencia y la fe en Jesús, decide ir más allá de un asegurarse a sí mismo.
Cómo le encantaría a Dios provocar ese milagro en cada uno de nosotros: que antes que hacer hasta lo imposible para asegurarnos a nosotros mismos, pusiéramos todo en manos de Dios, para que Él lo multiplique para bien de todos. Esa es la antesala de la plana comunión.
Jesús se compadeció de aquella multitud, curó a los enfermos, multiplicó los panes y les dio de comer. De allí partió para, luego, explicar todo el misterio del Pan de vida, haciendo ver que el verdadero Pan es su cuerpo, el cual nos ofrece, después, en la Cruz. Pero, todo esto tiene como antecedente ese gran milagro: alguien no pensó en asegurarse a sí mismo, ya que lo que tenía lo puso en manos de Jesús, pensando en que se multiplicaran para bien de muchos.
El Papa León nos recuerda que “la santidad cristiana florece, con frecuencia, en los lugares más olvidados y heridos de la humanidad” (Delexi te 76). A pesar de no tener ni lo necesario, allí se comparte desde la carencia y no desde lo que sobra. Sólo desde una experiencia real, donde se comparte no porque sobre, se podrá entrar en el misterio de Dios y estar en auténtica comunión con Él. La comunión con Dios incluye la comunión plena con el hermano.
Sin este misterio, sin esta condición y disposición de vida, nos autoengañamos cuando hablamos de santidad, de comunión y de amor al prójimo. Dice el Papa León: “la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia” (Dilexi te 9). “Las economías con frecuencia son excluyentes… el problema no es sólo la explotación y la opresión, sino la exclusión…” (E. G. nn 52-55).
Ante las miserias que vive el mundo de hoy, acaso ¿Dios no puede multiplicar los panes, el agua, las cobijas, los techos, los zapatos, la ropa, las medicinas, etc.? Claro que sí puede y lo hace, pero nosotros no los acaparemos, no los manipulemos. Y algo más, no usemos a los pobres, ni nos aprovechemos de su condición.
A muchos cristianos nos encanta comulgar y tomar el cuerpo de Cristo, pero eso no quiere decir que necesariamente vivamos la comunión, pues a veces retenemos mucho de lo que deberíamos de compartir.

