Sin chongos

*El día que busques a alguien que quiera escucharte, cuenta conmigo


Por Velia María Áurea Hontoria Álvarez

Hace unos días recibí ese mensaje de Pino, un muy querido amigo. Lo leí, lo saboreé por días y me conmovió profundamente. No era solo un gesto amable; era una cátedra de vida. Su prudencia siempre ha sido el contrapeso ideal para este pájaro carpintero que soy, siempre empeñada en golpear las ideas hasta sacarles astillas o encontrarles sentido.
Conversar con él me obligó a mirarme al espejo y luego mirar afuera. Diagnóstico: estamos perdiendo el arte de conversar. Y no por falta de palabras. Nos sobra prisa y nos excede esa urgencia de tener la razón. Así es imposible tejer puentes.
Vengo de una semana de intensas reuniones, donde al parecer todos hablábamos el mismo idioma, con argumentos hilados y una cortesía casi impecable. Más con ambientes densos. Unos susurraban desde la astucia para vender miedo; otros levantaban el dedo para señalar fantasmas, aprovechándose de la angustia ajena; otros lloriqueaban y solo algunos decidieron escuchar. Lo que pretendían ser diálogos eran solo monólogos huecos.
Mi abuela habría dicho que “del chongo” no llegamos a ningún lado.
Soy peleadora, lo sé. Pero también sé que cuando me dispongo a escuchar de verdad, le otorgo al otro el poder de enseñarme lo que ignoro. Ahí nace la magia: los acuerdos. Lamentablemente, hoy la fricción y la acidez vienen impresas en cada interacción. Todo truena. Mi versión tiene que valer más que la tuya, y si no, te disparo al corazón un “te va a ir mal”.
¿Cuántas veces he decidido mal al no sentirme escuchada? ¿Cuántas otras he supuesto o imaginado? Casi siempre me he equivocado. Cuando no interesa comprender, el otro se vuelve el adversario. Y no por pensar distinto, sino porque dejamos de escucharnos y me valido en prepotencia.
Escuchar no es “dar el avión”. Tampoco es cambiar de postura a la primera. Es aceptar que tú puedes ver una parte de la realidad que a mí se me escapa. Así de simple. Aunque claro, eso exige inteligencia, una dosis enorme de humildad y asumir responsabilidades sin pelotearlas, sin victimizarme.
Los mejores líderes que he conocido hacen preguntas, no dictan sentencias. Antes de decidir, observan; antes de juzgar, desmenuzan el contexto. Saben que una solución apresurada es el problema del día siguiente. El orgullo opera al revés: quien se sienta a la cabecera de la mesa etiqueta con el siempre, el nunca y el jamás. Es más cómodo juzgar que intentar comprender.
Pero ningún proyecto que valga la pena se construye desde la sospecha. Los equipos que transforman su entorno no son los que asienten al mismo tiempo como soldaditos, sino los que convierten sus diferencias en inteligencia colectiva. Del choque de dos piedras nace la chispa. Así se construyen las obras monumentales.
La habilidad más escasa y cotizada de nuestro tiempo no es hablar con elocuencia. Es escuchar hasta el final.
Escuchar sin estar fabricando la respuesta mientras el otro apenas respira. Sin pedirle auxilio al telefonito. Sin respuestas prefabricadas. Escuchar desde la genuina curiosidad de descubrir algo nuevo. Cuando alguien se siente escuchado, baja la guardia. Y justo ahí, donde las defensas caen, aparece la única posibilidad real de construir algo juntos.
La reconciliación que tanto reclamamos para nuestras ciudades, empresas y para el país no va a llegar con una gran reforma estructural ni con un discurso memorable. Va a iniciar con algo mucho más íntimo y revolucionario: recuperando el inmenso valor de una conversación.
¿O usted qué opina? ¿Seguimos del chongo?

 

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