//MENSAJE DOMINICAL:// ¡Señor, sólo tú conoces el camino!

*XXII domingo del tiempo ordinario


Pbro. Carlos Sandoval Rangel

Movido por Dios, el domingo pasado, Simón Pedro confesó que “Jesús es el Mesías, el hijo de Dios”. Partiendo de esto, ahora, Jesús anuncia a sus discípulos el modo como llevará a término su misión de Mesías: tiene que ir a Jerusalén para padecer allí mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; tiene que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Ante este anuncio, la reacción de Pedro no se hizo esperar: “No lo permita Dios, Señor. Eso no te puede suceder a ti” (Mt. 16, 21-22).

La identidad de Jesús, como Mesías ya era clara para Pedro y los demás apóstoles, pero el modo de ejercer esa misión será una tarea verdaderamente complicada. No podemos dudar del amor sincero y sagrado que Pedro le tenía al Señor Jesús; pero como todo ser humano, también él cayó en la tentación de querer mostrarle el camino a Jesús.

Pedro cree de verdad que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, el que viene a dar la verdadera libertad; pero por el amor que le tiene y creyendo conocer las circunstancias de la vida y la mentalidad del pueblo, siente miedo de que Jesús vaya a equivocar el camino; por lo cual, eso de morir en la Cruz, “no lo permita Dios”. No ve cómo la Cruz pueda ser el camino del Mesías.

Sin duda, la debilidad de Pedro la vemos redimensionada en el tiempo actual, pues el hombre cuanto más seguro está de conocer y manejar las circunstancias temporales, más se le complica entender los caminos de Dios. La persona que se centra y mide la vida sólo desde las capacidades y circunstancias laborales, económicas, políticas, lúdicas, etc., corre el riesgo de él mismo irse perdiendo en tales circunstancias, al grado de que, muchas veces, sin ser consciente de ello, va degradando su propia identidad (Cfr. L. Romera, El hombre ante el misterio de Dios).

“¡Apártate de mí, satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres! (Mt. 16, 23).” Esta reprensión de Jesús a Pedro no es sólo porque Jesús se sienta traicionado, sino porque a Jesús le preocupa que Pedro, y todo ser humano, se aferre a construir sólo desde las visiones humanas, desechando la sabiduría divina.

Crecer y cultivarse, de modo honesto, en las dimensiones del tiempo y la materia es algo importante, pero se trata de algo parcial, mientras que el hombre para ser pleno necesita de lo que le da plenitud, como es el amor de Dios, trazado por Cristo en el Evangelio.

“Necesitamos detenernos y pedir a Jesús que vuelva a cautivarnos. Nos hace falta para que nos abra el corazón frío ¡Cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia!” Necesitamos detenernos ante su evangelio, contemplarlo con amor, detenernos en sus páginas y leerlo con el corazón. “Si lo abordamos de esa manera, su belleza nos asombrará, volverá a cautivarnos una y otra vez” (Papa Francisco, EG 264).

“El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga” (Mt. 16, 24); el camino de la Cruz, que nos propone Jesús en el Evangelio, es el camino a través del cual Él recogió los dolores, los miedos y las alegrías, todo cuanto el hombre vive; es el camino que rescata al hombre desde la misma muerte, para permitirle gozar sin límites del amor que da la vida. Sin la Cruz no entenderemos la grandeza del amor, que nos hace creer y confiar en Él.

El camino mostrado a lo largo del Evangelio, el camino de la Cruz, es lo único que responde “a las necesidades más profundas de las personas, porque todos hemos sido creados para lo que el Evangelio nos propone: la amistad con Jesús y el amor fraterno” (Papa Francisco, E. G. 265).

¡Señor, tu amor lo llena todo!

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