Y, la película, sin filmar…

Por Velia María Áurea Hontoria Álvarez

Dedicado a: Mtra. Melba Julia Rivera Rápalo.
Cerremos los ojos por un momento, ahora imaginemos un limón verde, grande y gordito, partido por la mitad. Tres gotitas lentamente están saliendo.
¿Salivaste? Puede ser que sí. Y pues no había limón.
Parece un truco sencillo, pero resulta que dice mucho de cómo funciona nuestra mente. Algunos estudios han encontrado que ver e imaginar son primos muy cercanos. Cuando imaginamos, nuestro cerebro utiliza mecanismos parecidos a los que aprovecha cuando realmente lo vemos. Es decir: la mente puede reaccionar a una imagen inventada, aunque enfrente no haya absolutamente nada. Como el limón…
Y ahí radica el verdadero desafío cotidiano. Porque si en algo solemos tener un talento desbordante, es en rodarnos películas de terror en nuestra propia cabeza. Esta semana participé, compartí y observé varios thrillers. En algunos, reconocí innegable mi dirección.
No entra la llamada: «¡Está enojado! ¡Me va a abandonar! ¿Hay otra en su vida?». Esa voz que contestó casi murmurando: «¡Lo he decepcionado! ¡Me correrán!», cuando solo estaba adormilada. El dolor de estómago resonó con un: Alerta hay ¡un mal irreversible!, y dale, ¡como gorda en tobogán! El marido tarda veinte minutos, no contesta el WhatsApp; para cuando la llave gira en la cerradura, ya casi esta elegido el nombre del abogado o el hospital.
Pareciera que tenemos una verdadera consagración a la ciencia ficción y esto puede ser grave pues los estudios sobre imaginería mental encuentran que una imagen puede provocarnos una emoción mucho más intensa que simplemente pensarla con palabras. Y hay más: si repetimos una y otra vez en la cabeza aquello que tememos que suceda, puede empezar a parecernos mucho más probable de lo que realmente es.
Debo advertir que estas letras no son una invitación a caer en la trampa del positivismo mágico, podría asegurar que las cuentas bancarias no se llenan solo por visualizar miles de billetes de gorda denominación veinte minutos al día. Tampoco se trata de negar milagros ni de hacernos a un lado con eso de prevenir y resguardar. El asunto está en esas preguntas que cosquillean: ¿cuántas vidas paralelas sufrimos antes de que ocurran? ¿Cuántos eventos malignos suponemos sin haber llegado a destino?
Peleamos discusiones que jamás se dieron. Lloramos pérdidas que no existen. Damos por muertos proyectos que apenas íbamos a iniciar. Desistimos angustiados solo de suponer. Llegamos a las reuniones, a la mesa familiar o al trabajo cargados con la adrenalina de una batalla que solo ocurrió en el teatro guiñol de nuestra mente.
Nuestra imaginación evolucionó para ensayar el futuro y así ayudarnos a sortear intrépidos mares envueltos en el rebozo de la incertidumbre. Pero cuando le entregamos la batuta al miedo, el guion puede paralizarnos, nublando la salida de ese supuesto laberinto; pues he presagiado el desastre antes de mirar o escuchar…
Entonces reflexioné que quizá una alternativa sea sumar con mayor frecuencia a mi vocabulario ese “nolosé”. “No sé qué quiso decir”. “No sé cómo terminará”. “No sé qué va a pasar”. “No me corresponde contestar”. “No tengo la mínima idea”. Entonces pudiera ser que, al dejar ese pequeño espacio vacío, sea la realidad —y no mis suposiciones— la que termine la historia.
Creo que me propondré un nuevo hábito dominguero que ayude a disminuir el insomnio y mantenga las uñas fuera de la boca: recordar que, mientras sufro la función completa desde la primera fila, la realidad… ni siquiera ha comprado boleto. ¡Ja!

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