*XXIX domingo del tiempo ordinario
*Domingo mundial de las misiones
Pbro. Carlos Sandoval Rangel
Jesús se encuentra en Jerusalén, sabe que le aguarda el momento de su pasión. Los enemigos siguen buscando pretexto para acusarlo y luego poder sentenciarlo a muerte, es por eso que unos secuaces de los fariseos, junto con otros partidarios de Herodes, fueron enviados para ponerle una trampa. Para ello, le plantean una pregunta muy concreta y llena de astucia: “Dinos qué piensas: ¿Está bien o no pagar tributo al César?”. Si la respuesta era sí, se echaba encima a los que veían injusto pagar tributo a Roma, es decir, a un poder extranjero que les oprimía. Lo acusarían de ser un traidor del pueblo. Si decía que no se pagara, entonces se echaba encima a los herodianos que eran parte del poder romano y podrían acusarlo de sublevar a la gente contra el imperio.
Pero la sabiduría de Dios va mucho más allá; por eso, Jesús da una respuesta más profunda de lo que sus interlocutores esperaban: “Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. De esa manera, se coloca más allá de los intereses de cada grupo; pues así es la fe, sobrepasa infinitamente las visiones de toda ideología.
Jesús pide una moneda y pregunta: ¿de quién es la imagen? Le responden: del César; pues den al César lo que es del César. Esa moneda marca hasta dónde tiene su dominio el César. Pero, Jesús, deja, además, una lección para siempre: si en aquel tiempo se exigía que al César se le diera culto como a un dios; Jesús marca el límite. Al gobernador se le confía en alcance temporal, pero no trascendental, por eso no es propio darle culto, como a Dios.
Que el tributo al Cesar no exima de dar “a Dios lo que es de Dios”. A Él le debemos la vida con toda su riqueza: nuestro cuerpo, sentimientos, pensamientos y todas las capacidades con que fuimos creados. A Dios le pertenece el universo entero, la historia, la eternidad y todo cuanto tenemos y somos. Por eso, a Él y solo a Él le debemos el culto. Y, además, con la dicha de que perteneciendo a Él todas las cosas, Él mismo las ha puesto en nuestras manos para que libremente las administremos.
Lo único que Él nos pide es que le demos la oportunidad de seguirnos amando e iluminando. Cuanto más se lo permitamos, más fácil evitaremos cometer tantos errores y, así, haríamos menos desorden, sería más amable la vida. Con su ayuda, administraríamos mejor lo que Él, con gran amor y sabiduría, ha hecho y puesto en nuestras manos.
Por eso, hay valores de los que ningún poder temporal debe disponer, tales como la vida humana, la grandeza de la familia, el sentido de la trascendencia, etc. Son valores que sobrepasan infinitamente cualquier poder político o temporal. El poder temporal tiene la tarea de custodiar para que esos valores se vivan de modo libre.
El poder político plasma su imagen en monedas y títulos y su poder llega hasta donde llega esa imagen. El poder de Dios llega también hasta dónde llega su imagen y su huella. Pero esa imagen de Dios ha sido plasmada en cada persona y en cada obra de sus manos. Y a donde no llega la presencia humana, ahí está Dios mismo.
Al celebrar el domingo mundial de las misiones, asumamos como tarea compartir esta dicha de poder dar a Dios lo que es de Dios, de poder consagrar a Él nuestra vida para ayudarle a que todos aprecien la dicha de pertenecer a Dios, de creer en su amor.
¡Señor, que apreciemos la imagen que has plasmado en cada uno de nosotros; ahí has querido patentizar la belleza de tu sabiduría y de tu amor! Que a ti te pertenezcan siempre nuestra inteligencia y nuestro entero corazón, todo nuestro ser.

