¿Y quién nos cuidará mañana?

Por Velia María Áurea Hontoria Álvarez

Fármacos de última generación, gimnasios, alimentación «pro». Fuera azúcares, mida las grasas, levante pesas, tome colágeno. Duerma plácida y profundamente entre siete y ocho horas. Todo parece encaminado a que duremos mucho y sin que se nos note. Los sesenta son los nuevos cincuenta, dicen.
Una se acomoda el pantalón, suma otro suplemento al desayuno y me animo a dar algún brinquito al caminar. Qué lejos parecen aquellas señoras vestidas de oscuro, a quienes después de los cuarenta ya les estaban apartando una mecedora. Hoy queremos viajar, emprender, seguir enamoradas, aprender italiano y darle vuelo al amanecer. Y qué bueno. Bastante trabajo nos costó llegar hasta aquí como para empezar a despedirnos antes de tiempo. Todo es maravilloso hasta que, entre una sentadilla y la siguiente, se atraviesa una pregunta: ¿para qué quiere usted vivir tantos años? ¿Ya se lo preguntó? Y otra, menos simpática: ¿con qué piensa sostenerlos? Porque los años adicionales también desayunan, pagan predial y necesitan dentista. La longevidad no viene con manutención incluida.
Imaginábamos la vejez con la casa pagada, los hijos acomodados y una pensión suficiente. Pero las reglas cambiaron. Con la ley del 97, lo ahorrado en la Afore financia la pensión. ¿A poco una vida entera de esfuerzo se va a reducir a una liquidación que se esfuma en un parpadeo? El miedo no es exagerado: entre veredictos que manosean fondos ajenos, promesas oficiales que no cuadran en la calculadora y un IMSS con médicos y enfermeras protestando por falta de insumos básicos, salarios bajos la intemperie es real. El gobierno asegura que las cuentas dan y que los hospitales funcionan, pero la matemática de la vejez no perdona: gobernar exige prever para cuando ya no se esté en la foto, y a nosotros nos toca dejar de aplaudir discursos antes de quedarnos con las manos vacías. El ahorro ayudará. Pero también hará falta alguien que se levante de madrugada para acompañarnos al baño, y hospitales con médicos para operar un corazón averiado. Y volvemos a la pregunta que evadimos: ¿quién nos va a cuidar? Los hijos tienen trabajo, deudas, distancias y sus propios cansancios; una vida por deshojar. Las hijas tampoco nacieron con una plaza de enfermeras adjudicada por el solo hecho de ser mujeres. Y quienes decidieron no tener hijos necesitan hacerse la misma pregunta, sin que nadie aproveche para pasarles una factura moral.
Además, hay algo tramposo en repetir: «Yo no quiero depender de nadie». Yo tampoco. Pero la voluntad no siempre consigue negociar con una cadera rota, una enfermedad o una memoria que empieza a vagabundear. Necesitar ayuda no debería darnos vergüenza, ni obligar a una sola persona a cargar con todo. Quizá podemos platicarlo de sobremesa, aunque se atragante el postre. ¿Dónde queremos vivir? ¿Para qué nos alcanza? ¿Quién puede acompañarnos y hasta dónde? También habrá que exigir servicios que permitan cuidar sin que alguien tenga que abandonar su vida. Mejor hablarlo ahora que repartir responsabilidades a gritos en el pasillo de un hospital. Queremos seguir teniendo proyectos, amigos, curiosidad; levantarnos con ganas de que suceda algo. A mí también me entusiasman esos años por estrenar. Precisamente por eso quisiera llegar a ellos con algo más que buenos propósitos y un frasco de vitaminas.
Los sesenta podrán ser los nuevos cincuenta. Ojalá. Pero cuando lleguen los ochenta, hará falta una pensión suficiente, una vivienda y atención médica. Y quizá alguien que abra la puerta, prepare la cena y se quede un rato.
¿Ya hablamos con ese alguien o le dejamos el recado a la divina providencia?

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